Crítica de ‘Jersey Boys’: “Rodando como una bola de trueno”

La inspiradora historia sobre el surgimiento de un grupo icónico por parte de cuatro hombres surgidos de la nada sigue más viva que nunca en el Reino Unido, gracias a las producciones en gira simulada en Londres y en el país. Guillermo Názara nos cuenta su opinión sobre este espectáculo de jukebox que ya se ha convertido en un clásico de la historia del teatro musical, con algunas de las canciones más influyentes del siglo pasado.

Los biopics son al reino de la ficción lo que las películas directas a vídeo son a la integridad comercial: una decepción muy esperada. Aunque los primeros suelen excusarse diciendo que “pretendían ser fieles a los hechos”, la verdad es que las narraciones que tratan sobre ídolos del pasado tienden a ser aburridas, predecibles y, en general, casi todas iguales. Las excepciones a esa regla suelen producirse cuando su enfoque se aleja de esa realidad sobrevalorada, basando su material bien en el cotilleo (lo que da lugar a obras maestras intemporales como Amadeus) o bien en una visión caprichosa del abuso, la depresión y la drogodependencia (para más instrucciones, consulte Rocketman). Dado el hecho de que Jersey Boys es un musical, sería sensato como mínimo anticipar otra adición a esa lista, ya que tanto la naturaleza del género como el sabor edificante de su partitura en particular (es una rocola) sugieren un tratamiento más azucarado de la vida de sus personajes. De hecho, pertenece al gremio de los acérrimos.

Escrita por Marshall Brickman y Rick Elice, la obra es una descripción honesta y directa del ascenso, el éxito y el declive continuo (tanto profesional como personal) de las leyendas del rock y el pop Frankie Valli y The Four Seasons. Abriendo a través de los ojos del fundador del grupo, Tommy DeVito (sus contribuciones como cuentacuentos continúan a lo largo del primer acto), el espectáculo narra la lucha de tres italoamericanos de clase baja por escapar con su talento (y la ayuda de Bob Gaudio) de una vida en la que la pobreza, la violencia y la criminalidad están impresas en la piel de todos. Sus creadores dirían que está basada en la evidencia, que es genuina y directa. Eso es lo que dicen todos. Pero esta vez tienen razón y, lo que es más importante, lo han hecho funcionar.

Comenzando con un número de rap en la Francia de los años 2000 (sí, has leído bien, no me he vuelto loco ni he cambiado el tema de mi crítica), la trama salta en el tiempo para recordar los orígenes del legado actual de los Four Seaons. A pesar de que su inicio tiene todos los ingredientes de un musical propiamente dicho, la obra comienza a desarrollarse más como un juego con canciones, donde todos los números funcionan como muestras de las creaciones de la banda o transiciones de monólogo a monólogo. Esto, sin embargo, es un engaño como apertura del espectáculo, ya que la complejidad en cuanto al uso narrativo de la partitura evoluciona en paralelo al viaje de los personajes, permitiéndonos poco a poco conectar con sus sentimientos, pasiones, inseguridades y, como va a ser finalmente revelado, un profundo dolor silenciado por los acordes disonantes del éxito.

Con una velocidad exhilarante, el guión puede presumir de muchos logros, pero uno de los principales es sin duda su ritmo brillantemente medido. No se siente demasiado apresurado, nunca parece demasiado lento. Es justo como debe ser. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de la escenografía. Con una estructura de andamiaje fija que hace las veces de proscenio y de escenografía práctica, los únicos complementos que veremos a lo largo de la velada son pequeños elementos de atrezzo y una pantalla en la parte superior. ¿Hay algo malo en el minimalismo en el escenario? En absoluto. Y en este caso, el ritmo se beneficia de ello. Pero para que sea funcional, tiene que seguir la misma regla que siguen sus homólogos más opulentos: transportar al público. Con un aspecto más propio de los años 90 y algunas animaciones que habrían funcionado mejor como elementos prácticos, el diseño escénico (mérito de Klar Zieglenova) lamentablemente no lo consigue. No es terrible, y ciertamente hay algunos momentos que merecen ser vistos e incluso recordados. Pero hay, sin duda, un buen margen de mejora.

Si una parte vital de cualquier producción es su elenco, en Jersey Boys eso puede ser su propia base. Y, de hecho, esta vez han conseguido uno sólido. Benjamin Yates como De Vito bien podría ser su piedra angular, ya que la credibilidad y el magnetismo que da al papel (esencial para las exigencias del personaje) no sólo son intoxicantes sino altamente admirables. Junto a él, Adam Bailey, en la piel del genio de la canción Bob Gaudio, demuestra sus buenas dotes interpretativas con un convincente estilo vocal muy adecuado para el género musical del espectáculo. Por último, Luke Suri, en el papel de la estrella de la historia, Frankie Valli, hace una interpretación impactante que, aunque queda oculta al principio por una primera impresión mecánica, consigue profundizar en el verdadero núcleo del papel y proyectar la esencia de su fragilidad humana.

Jersey Boys lleva ya bastante tiempo en cartelera (tanto en el Reino Unido como en todo el mundo). Tiene que haber una razón por la que el público parece (aunque ya se ha confirmado) estar encantado con ella, o puede que sean unos cuantos, pero sea como sea, es ciertamente refrescante ver que el fandom también se da en producciones cuyo componente más fuerte es su narrativa. Los creadores suelen decir que los musicales giran en torno a esa historia (y en la mayoría de ellos, independientemente de su fastuosidad, eso es correcto), pero en Jersey Boys es más que la historia: es su tratamiento, su escritura, su teatralidad lo que demuestra que era la calidad lo que perseguían al concebirlo. Si el público en general puede apreciar eso, como aparentemente lo ha hecho, entonces ¿qué más se puede pedir?

Rating: 4 out of 5.

Jersey Boys se representa en el Trafalgar Theatre de Londres de martes a domingo. Las entradas están disponibles en link.

Por Guillermo Názara

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