Crítica de ‘Dinner with Groucho’: “Demasiado fandom sobre el escenario”

La compañía irlandesa B*spoke Theatre Company aterriza en Londres durante una temporada estrictamente limitada para revivir su última apuesta, protagonizada por dos de los más grandes artistas (de muy distinta índole) del siglo pasado. Guillermo Názara revisa este nuevo híbrido de obra teatral y musical, para compartir sus reflexiones sobre esta historia que habita tanto en el ámbito de los sueños como en el de la realidad.

No te metas con los muertos y ellos no se meterán contigo. Si hubiera escuchado en lugar de sucumbir a mis instintos más simples cuando me ofrecieron participar en una sesión de ouija, tal vez las fuerzas oscuras del mal no se habrían metido en mi alma y, por tanto, no me habría convertido en un crítico. La realidad es que nunca lo hice: el demonio ya estaba dentro de mí cuando nací. Pero sea como fuere, lo cierto es que manipular a los difuntos (aunque sea con los motores de la ficción) es una tarea controlada, como mínimo, por el arte de la traición.

La reescritura de la historia no es, ni mucho menos, algo nuevo o refrescante, y mucho menos algo de lo que no se haya oído hablar (con una abudancia exagerada) en los últimos años. Desde la tradicional licencia artística hasta la acomodación de los hechos para que se alineen con una determinada posición política, es increíble lo que la imaginación de la gente puede llegar a hacer, para bien y para mal, siendo esta última una habilidad de la que muchos parecen estar especialmente dotados cuando se trata de la imagen de los demás. Sin embargo, la evasión de la realidad es un anhelo que no sólo habita en la lujuria de los espectadores, pues romper las cadenas de la veracidad es una necesidad a la que cualquier escritor (o creador, para el caso) se enfrentará no sólo por su propia recreación, sino por el propio arte.

Dinner with Groucho parte precisamente de esa premisa. Puede que nunca haya sucedido, pero ¿y si lo hubiera hecho? A pesar de ser ambos estadounidenses, escritores y mundialmente aclamados en su época (cualidad que aún no han perdido a día de hoy), ¿tuvieron Groucho Marx y T.S. Eliot alguna vez la oportunidad de contarse su admiración mutua? Parece que no. Puede que se trate de más de un sueño, ya que tal vez esa adulación nunca existió (lo sé, no puedo reprimir la perra que hay en mí), pero es ciertamente interesante explorar lo que habría ocurrido si esas dos mentes de brillantez opuesta (pero igual) se hubieran enfrentado alguna vez.

Photo by Ros Kavanagh

Adentrarse en la psique de cualquier personaje es un esfuerzo de paciencia y minuciosidad, pues incluso cuando eres tú quien los ha parido, se necesita mucho tiempo y (por sorprendente que parezca) investigar en los rincones más recónditos de tu propia inventiva, hasta que por fin puedes desafiar con palabras y actos lo que es su verdadero yo. Obviamente, tal esfuerzo aumenta su peso en unos cuantos tonos si se trata de personas que realmente existieron. Pero es concretamente en esas ocasiones cuando eclosiona la verdadera habilidad de un dramaturgo, proporcionando un puente desde la leyenda hasta el personaje real, y sacando a relucir las frágiles piedras que componen su estructura humana. Lamentablemente, ese no ha sido el caso aquí.

Convocados por lo que parece ser un restaurador médium (guión), los dos espíritus emergen para iniciar la cena que tanto anhelaron en vida pero que sólo pudieron tener después de la muerte. Sin embargo, lo que podría haber sido una idea maravillosa se ve pronto desvirtuada por un catálogo excesivo de cumplidos y hechos divertidos sobre sus vidas que, además de no estar bien editados dentro del diálogo, no parecen tener ningún propósito en la narración, si es que hay alguno. Puede ser que ambos fueran fans el uno del otro, incluso puede ser que algo de esa adulación (pero sólo algo) pudiera haber llegado a la conversación real en algún momento, pero ciertamente el cariño que el dramaturgo Frank McGuiness siente por ambos ensombrece lo que debería haber sido el foco de esta (y de cualquier) obra: la construcción de los personajes y su viaje dentro de la historia.

Dirigida por Loveday Ingram, la actuación de los dos protagonistas (Ian Bartholomew como Groucho y Greg Hicks como Eliot) parece limitada y carente de cierta naturalidad, quizá porque el propio material no es capaz de proporcionarla. Además, la charla se ve interrumpida con frecuencia por números de baile cuya misión parece totalmente confusa, dando la impresión de que no tienen más propósito que el de llenar el tiempo. Al final, no hay ningún camino, ninguna evolución de ningún tipo que nosotros, como público, hayamos experimentado – y tampoco los personajes de la historia. Ambos se quedan igual que antes de que empezara la representación: todavía anhelando que ocurra algo.

Las buenas ideas no garantizan buenos resultados. Los autores más aclamados pueden ser responsables de cosas que nos asombrarían al descubrir que son de su cosecha. Cena con Groucho cuenta con un equipo de impresionantes créditos, pero no consigue estar a la altura de sus anteriores logros. ¿Se puede salvar? Sí, puede. Pero es necesario un cambio de imagen importante para que no se desmorone.

Rating: 1.5 out of 5.

Dinner with Groucho se representa en el Arcola Theatre de Londres hasta el sábado 10 de diciembre. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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