Crítica de ‘The Last Laugh’: “Demasiado tonta para los imbéciles”

El aclamado dramaturgo Richard Harris lleva a escena esta cómica pero perspicaz reflexión sobre los valores humanos y las prioridades vitales, acuñada por primera vez en papel por el escritor japonés Koki Mitani. Guillermo Názara reseña esta nueva producción de Take Note Theatre, para que conozcamos lo que nos depara esta historia de persecución artística por parte de un gobierno opresor.

“La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan”. Pero en una época en la que el miedo a ofender (o, más exactamente, a ser contestado por los ofendidos) pasa más factura que la capacidad de razonar, nunca antes el viejo dicho “el mundo está controlado por los idiotas” había sido más acertado y apropiado. Las sabias palabras de Molière arrojan algo más que una luz aguda (y de algún modo, esperanzadora) sobre una situación tan frustrante: son también el reflejo de un dramaturgo brillante sobre otro dramaturgo igualmente brillante. Desde el contenido hasta el estilo, las similitudes entre Harris y el creador de la mayor superstición relacionada con el color de los actores están ahí. Ambos saben cómo convertir a las autoridades en un chiste (que no es la tarea más difícil de su repertorio), ambos saben cómo marcar el ritmo. Son propensos a sacarte una sonrisa (y una carcajada), son propensos a que su trabajo quede inmortalizado.

Ambientada en un estado totalitario ficticio (su única diferencia con la realidad es el tipo de dictador que toma el mando), The Last Laugh es probablemente uno de los mejores retratos del lado más oscuro de la humanidad a través de la aparente ligereza de la comedia. Basada en la anterior obra teatral japonesa Warai No Daigaku (“Universidad de la risa”) de Kōki Mitani (hagamos como si no hubiéramos leído el resumen), la obra es en esencia una metáfora de muchos tipos: desde la inestable situación política actual hasta la mentalidad de muchas personas en general, y el agresivo escenario al que esto ha conducido desde hace varios años.

Estructurada como una serie de discusiones entre un defensor del humor (El Escritor) y un robótico defensor de la ley y el orden (El Censor), La última risa es, de hecho y con toda verdad, un diálogo filosófico que pone en tela de juicio la seriedad de los asuntos y la importancia que les damos. Comenzando con el primer encuentro de los dos hombres cuando se somete una obra de teatro a la aprobación del régimen, la trama se desarrolla a la perfección en una conversación más profunda (e hilarante) que explora el núcleo de los principios en conflicto, así como la artesanía de la escritura y el teatro en sí. Y tal vez de una vez por todas (o tal vez sólo como punto de partida) proporcionar una respuesta con la pregunta no resuelta (para unos pocos, eso es) de cuál es el propósito del arte.

Dirigido por Nick Bromely (un conocido de la escena londinense en muchas de sus formas desde hace seis décadas), el espectáculo consigue hacer rugir al público desde prácticamente su primer minuto, aunque al mismo tiempo logra construir un ritmo narrativo y cómico que se acelera y aumenta de intensidad de forma impecable a lo largo de la representación. Aunque las transiciones de una escena a otra podrían mejorarse (las únicas lagunas están relacionadas con el tiempo, ya que todo sucede en la misma sala), el uso del espacio está de todos modos organizado de forma inteligente y eficaz -un esfuerzo compartido también por los diseñadores Rob Miles y Pat McMahon, transformando el escenario en una ventana a otra realidad que, en esta obra, puede ser más veraz que la que solemos soportar.

Con un reparto formado por sólo dos actores (más un breve y muy incómodo -aunque bastante divertido- cameo de alguien de detrás de las cámaras -supongo-), tanto la escritura como la dirección consiguen superar su mayor desafío: hacer que funcione y sea interesante con unos recursos tan limitados y con tan poco (o quizás mucho) de lo que alimentarse. Independientemente de tal solidez, la prueba continúa para quien se atreve a caminar por lo que sigue siendo una floja (aunque gruesa) cuerda floja. Afortunadamente, este equipo está bien acostumbrado a este tipo de acrobacias, ya que su presencia, su química palpable y su contagioso hueso de comedia no son más que un placer de ver. Del dúo, el mayor elogio se lo lleva con justicia David Tarkenter como El Censor, no sólo por su brillante elocución como actor, sino por su embriagador magnesio, capaz de conseguir lo imposible: hacer que te mueras de risa a través de la más absoluta seriedad. Matt Wake, por su parte, como El Escritor, da una interpretación agradable que, aunque necesita algunos retoques para hacerla más creíble, presenta un buen equilibrio con su contraparte.

Por alguna razón, nos han enseñado que las cosas divertidas son estúpidas mientras que la solemnidad es la forma más elevada de inteligencia. Puede que sea otra muestra de lo acertada que es la frase que he citado al principio de esta reseña, ya que sólo un idiota no podría ver el ingenio y la destreza necesarios para hacer sonreír y reír a la gente. Por suerte, obras como La última risa no sólo nos proporcionan un buen par de horas para evadirnos de lo que nos entristece o, al menos, hacernos pasar un rato más divertido, sino también una oportunidad para comprender lo necesarias que son estas oportunidades -y cómo nunca deberíamos dar por sentado algo tan inherente a nuestras apetencias básicas como es el arte de contar historias.

Rating: 4.5 out of 5.

Todas las imágenes son obra de Andreas Grieger.

The Last Laugh se representa en el Theatre at the Tabard de Londres hasta el 3 de diciembre. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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