Crítica de “El león, la bruja y el armario”: “No hay invierno en esta Narnia”

La obra maestra infantil de C. S. Lewis sigue encantando al público ahora en su forma escénica en el West End londinense. Guillermo Názara revisa la adaptación musical de la primera de las Crónicas de Narnia, para compartir sus nuevas reflexiones sobre el espectáculo a su regreso en su noche de gala.

Más allá del viento y la lluvia que han invadido Londres estos últimos días, las calles de Covent Garden siguen desprendiendo el habitual encanto que emana de su suntuosa esencia. Pero hay algo más que flota en el aire, una nueva vibración cálida y suave se ha derramado por todo el lugar, imprimiendo cada pequeño ladrillo y adoquín del barrio de cuatro siglos de antigüedad: el espíritu de la Navidad está literalmente a la vuelta de la esquina. Mientras los edificios preparan sus apresurados (aunque intrincados) maquillajes para alinearse con las ilusionadas expectativas de locales y turistas, la magia del escenario enciende nuevas chispas de asombro con una oferta diferente creada especialmente para las fiestas. Pero no todos los espectáculos son iguales. Y así como otros se presentan completamente fuera de la corriente de la época, también existe esa raza tan especial que sólo se encuentra de vez en cuando, y que, independientemente de cuándo tenga lugar, siempre se las arregla para ser una de las estrellas de la temporada, sin importar si se trata de un éxito de taquilla veraniego o del placer familiar del invierno.

La fascinación por las creaciones infantiles de C.S. Lewis en este país (y probablemente en gran parte del mundo) es de todo punto comprensible. Aunque fueron concebidas para proporcionar a los niños una especie de escape imaginario durante una de las épocas más duras de la guerra en el Reino Unido, los temas que giran en torno a la fantasía y la aventura, el bien y el mal y el poder de la amistad siempre han sido (y probablemente siempre lo serán también) atractivos para el público joven y el mayor. Pero no me sorprendería que esta versión en particular se ganara un nuevo conjunto de fardos propios. Puede que sea bien merecido, después de todo.

Volver a ver un espectáculo suele ser una tarea complicada, incluso si la producción ha obtenido tu aprobación. Es cierto que es agradable reencontrarse con una obra de arte que has disfrutado, pero a menos que seas un devoto, volver a ver algo que ya has visto, sobre todo cuando acaban de pasar unos meses desde la noche de la prensa, puede darte un poco de dolor de cabeza, o peor aún, un banquete de aburrimiento. Pero los sorprendentes giros de esta intensa aunque acuciante montaña rusa sólo consiguen una cosa: aumentar el asombro. Puede que sea el hecho de que el reparto conozca mejor el material, puede que la propia escritura sea admirablemente buena – o quizás (y lo más probable) ambas cosas. Sea como sea, la experiencia no hace más que mejorar.

Con una partitura de buen gusto y muy bien ejecutada (que aporta atmósfera y, de forma impresionante, incluso ritmo a la propia narración), la teatralidad de esta producción es un triunfo tanto de la elaboración del guión como de la puesta en escena. Con transiciones perfectas y decorados sencillos pero inteligentemente implementados, la inmersión en el universo del musical es casi inmediata, pintando imágenes más grandes y detalladas en tu mente a través de sus imaginativas imágenes, llevándonos desde la húmeda y sombría Londres de los años 40 hasta el majestuoso encanto del reino de Narnia.

En cuanto a sus habitantes, el hecho de que sean visitantes o las míticas criaturas de la tierra no supone diferencia alguna: todo el reparto destaca, tanto en su conjunto como individualmente, no sólo por estar a la altura del West End con creces, sino también por superarlo con una refrescante y muy inspiradora muestra de puro talento en la que los intérpretes actúan, bailan, cantan… y también tocan instrumentos (los que requieren una técnica compleja) mientras hacen todo lo demás al mismo tiempo. Entre ellos, Samantha Womack sobresale en su papel de Bruja Blanca, mostrando elegancia y un insidioso atractivo en su interpretación de la viciosa hechicera. Por otra parte, Jez Unwin hace una aparición memorable como el Sr. Tumnus, dotando a su personaje de alma y corazón propios, mientras que un elogio similar corresponde a los niños protagonistas (interpretados por Ammar Dufus, Shaka Kalokoh, Delainey Hayles y Robyn Sinclair) por su apreciada energía, presencia y don natural en escena.

“Las temporadas vienen y las temporadas se van”, como se canta en la popular canción de Disney. Y ciertamente, este espectáculo también lo hará, ya que su carrera llegará a su fin a principios del próximo año. Son muchas las razones que se han dado a lo largo de esta reseña (y en la anterior) para ir a verla, pero si todavía hay algo que te impide hacerlo, no cabe duda de que el tiempo limitado que tienes por delante no te da otra opción, a no ser que quieras arrepentirte de verdad (no es una amenaza… por motivos legales). De todos modos, con el espíritu navideño que ya empieza a materializarse, éste es seguramente un regalo al que nadie pedirá su recibo. Porque es un regalo para el escenario y para todo aquel que quiera formar parte de él.

Rating: 4.5 out of 5.

Lee nuestra primera crítica aquí.

El león, la bruja y el armario se representa en el Gillian Lynne Theatre de Londres de miércoles a domingo hasta el 8 de enero de 2023, con dos funciones adicionales durante la temporada de vacaciones: matinés el 14 de diciembre de 2022 y el 4 de enero de 2023. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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