Crítica de ‘Un hombre soltero’: “Hay espacio para algo más”

La aclamada novela de Christopher Isherwood cobra vida en una nueva forma tras su elogiada adaptación cinematográfica. Guillermo Názara nos cuenta su visión sobre esta nueva obra de Simon Reade, que explora las debilidades de una mente brillante que sucumbe a las necesidades del corazón.

Sentir, más bien pensar. Para muchos, lo contrario de lo que es la sociedad. Ser persona significa ser racional. Y ser racional significa dejar de lado las trampas de los sentimientos. Algunos aprenden a hacerlo, otros lo intentan pero no pueden. Pero los que lo consiguen, bien porque la vida les ha obligado, bien porque han nacido con ello, suelen ser vistos como los más propensos al éxito. Y aunque el éxito (a los ojos de los demás) lo alcancen, tarde o temprano se enfrentan a la espantosa realidad que les acecha desde el principio: la pérdida de su humanidad real.

A Single Man es, en cierto modo, una exploración de lo anterior, tanto hacia adelante como hacia atrás. Ambientada en los años sesenta, esta nueva adaptación escénica de la novela de Isherwood aborda el encarcelamiento interior de un hombre que lucha inútilmente por acatar las convenciones de un pueblo que no querría su verdadero yo en primer lugar. Adaptada por Simon Reade, la obra ofrece un tema interesante con un enorme potencial para ser aprovechado: un hombre muy respetado condenado a una existencia de secretismo y soledad, simplemente porque otros han decidido lo que está bien y lo que está mal, lo que es aceptable y lo que debe ser despreciado.

Para cualquiera que esté familiarizado con la producción de Isherwood (entre sus títulos anteriores se encuentra Goodbye To Berlin -base del musical Cabaret-), la profunda inmersión en la sexualidad y la ruptura de las normas sociales como tema principal puede no sorprender. Sin embargo, ese no es precisamente el caso en esta versión. No porque no se abarque (al fin y al cabo, es de lo que realmente trata la trama e incluso lo que sugiere el título), sino que el esperado erotismo en un texto sobre la homosexualidad en el armario no está, lamentablemente, presente en gran parte de la representación. Sí, hay algo más de palpabilidad al final del segundo acto,. y la química entre Theo Fraser Steele como protagonista y Miles Molan como Jim es evidente. Pero el espectáculo no consigue contagiarnos los sentimientos de atracción culpable que se supone que experimentan los personajes, al menos no hasta que llega a sus escenas finales.

Aunque presenta algunos diálogos interesantes y observaciones reflexivas sobre las normas de la vida, varios de los temas más estimulantes se pasan de largo, afectando así a un ritmo que, si se reestructurara y reorganizara en cuanto a su contenido, podría ser realmente excelente. Puede que sea fiel al libro (sobre eso no voy a opinar), pero toda obra de ficción es diferente sobre todo cuando cambia de medio. Algunas cosas funcionan en ambos y otras no. Si una actuación no puede sumergirnos lo suficiente en el mundo de, en este caso, frustración y sufrimiento en el que se encuentra el héroe, entonces no hay duda de que es necesario hacer algún tipo de cambio.

Dirigida por Philip Wilson, los efectos visuales de la producción (mérito de Caitlin Abbott) pueden ser probablemente su punto más alto, ya que la escenografía nos transporta eficazmente no sólo al universo de la historia, sino también, de forma evocadora, al estado de ánimo del personaje principal. Además, el reparto puede sentirse orgulloso de algunas actuaciones muy convincentes, representadas predominantemente por Molan y Freddie Gaminara (este último interpretando varios papeles pequeños que aún así consiguen impresionar). Sin embargo, Steele, aunque es capaz de proyectar la personalidad tímida y callada del papel, no consigue que sea tan realista como debería, especialmente durante el inicio de la representación.

No todas las obras de arte pueden ser perfectas ni nuestra opinión sobre ellas puede ser la misma, incluso cuando la multitud ha hablado. Pero seguro que todos estamos de acuerdo en que, aunque la ficción tiene la capacidad de hacernos meditar y tal vez de mejorarnos a nosotros mismos (y al resto), su verdadera razón de ser (y, por tanto, de detectar un triunfo) es llevarnos a través de las sensaciones. Aunque Un hombre soltero ofrece esa posibilidad en pequeñas dosis, parece que todavía hace falta alguna revisión importante para deshacerse de su enfoque analítico, para que por fin nos permita sentir, más que pensar.

Rating: 3 out of 5.

A Single Man se representa en el Park Theatre de Londres hasta el 26 de noviembre. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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