Reseña de ‘The Glass Menagerie’: “Las piezas sin encajar de un puzzle que funciona”

La innovadora historia de Tennessee Williams sobre el dolor y la tristeza de una familia disfuncional revive a través de esta nueva producción del West End, en cartelera durante una temporada estrictamente limitada hasta finales de mes. Guillermo Názara reseña esta versión única protagonizada por Amy Adams, seis veces nominada al Oscar, en la que la fragilidad de sus personajes es también la fuerza que impulsa su huida de la miseria.

Ardientes como el sol del sur, así pueden derretir tu alma las cadenas de acero del dolor silencioso. La verdad punzante que Tennessee Williams escribió con dolor hace 80 años (un exorcismo para las heridas personales que nunca se curarían) sigue murmurando, fría y firme, a los oídos de aquellos que ocultan un espíritu marcado, de alguna extraña manera, agitando su amargura y proporcionando al mismo tiempo la reconfortante tranquilidad de sentirse comprendidos. Puede que la sociedad cambie, pero lo que realmente cambia es esa fachada superficial de nuestras relaciones, ya que las pasiones profundas que mueven nuestros corazones (amor, odio, envidia, admiración y dependencia) persisten de forma indeleble en nuestra composición genética, dictando las decisiones que nuestra razón nunca controlará.

The Glass Menagerie (El Zoo de Cristal) siempre ha destacado por verter una realidad tan dura. Alimentada entre los brazos punzantes de un pasado sombrío, la sinceridad de la obra proviene de la paradójica (aunque inevitablemente necesaria y fáctica) complejidad de sus sencillos personajes. No hay buenos ni malos en esta historia, sólo hay gente que intenta arreglárselas, que intenta sobrevivir, que intenta vivir. Sentando un precedente en el subgénero del “teatro plástico” (término acuñado por el propio Williams), la obra logra con maestría un objetivo artístico último: crear una representación estética a partir de las feas imágenes de la existencia humana. Ambientada en la ciudad de San Luis, en el Medio Oeste, el texto es una reminiscencia biográfica de una difícil juventud insatisfecha a través de los angustiosos ojos de la madurez.

Credit: Johan Persson

Dirigida por Jeremy Herrin, esta versión ofrece una nueva exploración psicológica del clásico americano, gracias a la brillante decisión de dividir el papel principal (Tom Wingfield) en dos retratos diferentes: el narrador marchito aunque sabio y el muchacho descontento que lucha desesperadamente por escapar de la distorsión de una vida que no pidió. Esta brillante dualidad se acentúa a través de un inteligente bloqueo, en el que el marchito narrador se cuela silenciosamente en algunas de las escenas sin alterar la acción, como si recorriera las páginas de un episodio no cerrado en una mezcla de nostalgia y frustración, pero también como si fuera un ángel de la guarda caído.

Amy Adams, en el papel de Amanda Wingfield, encabeza tanto la cuenta como su familia ficticia (al menos, su personaje lo intenta) en un convincente retrato de una matriarca manipuladora que se apoya en la lástima y el victimismo para conseguir lo que anhela, aunque éste sea de naturaleza noble. Es precisamente esta fragilidad medio fingida, medio sostenida, la que Adams es capaz de sacar a relucir de forma casi impecable, haciendo que la asfixiante personalidad de Amanda resulte simpática y comprensiva. Sin embargo, es el dúo protagonista masculino el que ocupa el centro de atención de esta crítica, ya que tanto Tom Glynn-Carney (como el protagonista en ciernes) como Paul Hilton (como su yo mayor) sobresalen a la hora de exhibir la carga melancólica de una batalla interminable, del tipo que te condena cuando está ocurriendo y te persigue cuando ha pasado.

Credit: Johan Persson

A pesar del cambio en el reparto, la producción se mantiene fiel al material original, rasgo que se aprecia fácilmente en la escenografía. Presentándonos una lúgubre casa desordenada con trastos y lámparas a los lados, creando el ambiente inquietante de una sala de interrogatorios, la escenografía también utiliza una pantalla negra situada en la parte superior para proyectar imágenes que emulan las emociones y ambiciones de los personajes. Aparentemente una idea vagamente sugerida por Williams mientras creaba tanto esta obra como el nuevo género al que pertenecería, éste puede ser el único defecto del montaje, ya que si bien es cierto que es sólo un mecanismo de mejora (gracias a Dios por los decorados de verdad), también se siente bastante innecesario.

Un viaje muy agradable que, aunque trágico, es capaz de arrancar un buen puñado de risas, la versión de Herrin de The Glass Menagerie consigue marcar victoriosamente la diferencia sin dejar de ser respetuosa con su origen. A falta de tres semanas para que termine su limitada representación, realmente no hay excusa para perder una oportunidad que, por muchas razones, se siente (y realmente es) única. Porque un espejo de la vida es siempre un buen lugar donde mirarse.

Rating: 4 out of 5.

The Glass Menagerie se representa en el Duke of York’s Theatre de lunes a sábado. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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