Crítica de ‘Tom, Dick y Harry’: “La huida es inútil”

Este verano, la historia real de un grupo de pilotos presos que luchan por liberarse de las garras del nazismo cobra vida en uno de los escenarios más cautivadores de Londres. Tras asistir a su semana de estreno, Guillermo Názara repasa este espectáculo interactivo semimusical sobre una de las mayores misiones de fuga de la historia reciente.

Es una tarde extraña en el norte de Londres. Una inquietante calma, del tipo que suele preceder a la más violenta de las tormentas, reina sobre las accidentadas tierras de Muswell Hill. En su cima, la imponente arquitectura del Alexandra Palace, con sus sólidos muros de ladrillo que muestran el inevitable e inmisericorde peaje del tiempo, mira al resto de la ciudad, observándola en silencio, como si ejerciera una especie de dominio tácito sobre ella. El lugar está rodeado de una sensación de embrujo, que en cierto modo sirve de preestreno espontáneo de lo que nos espera en el interior.

Me dirijo al teatro. Al pasar detrás de las cortinas, se encuentra una enorme sala imperial de principios de siglo: sus paredes dilapidadas, secundadas por un balcón lateral que se asemeja a una muralla, marcan el tono del páramo belicoso que está a punto de desarrollarse. En el centro, un pequeño escenario, rodeado de asientos en casi todos los lados, espera tranquilamente la llegada de la compañía. En su diminuta superficie se desenvuelven marcas cuadradas, un trazo suave capaz de levantar toda una atmósfera: el infamemente llamado arte de la guerra. Sin embargo, la supuesta sencillez es sólo a primera vista.

La oscuridad absoluta se apodera del lugar; su única compañía son los murmullos desvanecidos de una multitud ansiosa que resuena a su alrededor. Pasan dos segundos y la ensoñación se interrumpe, sustituida por la excitación de la apertura de la obra. Tom, Dick y Harry ha entrado en el edificio y, a pesar de su argumento principal, está lejos de marcharse durante mucho, mucho tiempo. La comedia y el drama se funden (a veces en armonía, a veces en confrontación) para desplegar esta impactante historia sobre la caballerosidad y la resistencia. Ambientada en la angustiosa desolación de Stalag Luft III, un campo de guerra que acoge a los prisioneros de las fuerzas aéreas, la obra narra la historia real de un grupo de pilotos que traman su huida de la opresión nazi.

Escrita por Michael Hugo, Andrew Pollard y Theresa Heskins (esta última también acreditada como directora), Tom, Dick y Harry es un esfuerzo sobresaliente y logrado por emplear material ya utilizado y aún así llegar a un resultado fresco, original y, sobre todo, atractivo. A pesar de que su comienzo no es demasiado convincente (el primer número musical parece un poco camp), la obra despega con fuerza (sin juego de palabras) a partir de la segunda escena, manteniéndose en el aire hasta su conclusión. A pesar de los sufrimientos que asedian la trama, el texto anima brillantemente el ambiente gracias a un humor inteligentemente escrito e interpretado, que se burla tanto de los personajes como de las situaciones, pero que mantiene sorprendentemente el tono de su gravedad histórica y no cae nunca en un planteamiento burlesco; sin duda, un triunfo en sí mismo.

Apoyándose en el protagonismo coral, un rasgo compartido no sólo por los héroes, la contagiosa resistencia del reparto y su compromiso con la obra es sin duda una de las mejores joyas que contribuyen al brillo del espectáculo. Entre ellos, Dominic Thorburn, en el papel de Ballard, consigue liderar la representación (y en cierto modo, robarla) gracias a su conmovedor carisma y presencia escénica. Sin embargo, esto no ensombrece a sus compañeros de batalla, ya que tanto sus personajes como sus representaciones muestran la suficiente independencia e ingenio no sólo para dirigir el foco de atención hacia ellos en el transcurso de la velada, sino también para quedar grabados con la misma fuerza en la memoria del espectador. Sin embargo, es la oscuridad la que brilla con más fuerza esta vez, ya que David Fairs, en su interpretación del obsesivo y astuto oficial nazi Giesler, es un justo merecedor de la ovación del público, equilibrando perfectamente la arraigada antipatía surgida por sus ideales con cierta extraña empatía hacia el tipo, en parte debido a su torpeza pero también al aura de paria que se cierne sobre él.

Intrigante y a la vez emocionante y absorbente, Tom, Dick y Harry triunfa a muchos niveles, presentándonos un relato convincente e inspirador capaz de describir con precisión la Historia, a la vez que conmueve y entretiene. Sin embargo, hay algunos fallos técnicos, ya que la acústica del local, combinada con la ausencia de micrófonos durante casi toda la representación, hace que a veces sea difícil entender si los actores no están hablando en tu dirección. Un problema similar ocurre durante algunas de las transiciones, ya que los tramoyistas pueden ser demasiado visibles cuando se retira o se coloca el atrezzo en el escenario. Enmendaduras fáciles (y necesarias) cuya ausencia no disminuye sin embargo el encanto y la seducción general de la producción, que les animo firmemente a ver. No desvelaré si la huida del campo acabó victoriosa o no, pero lo que sí puedo adelantar es que, en cuanto a la obra, resultará desafiante, incluso problemática, para sus mentes.

Rating: 4 out of 5.

Tom, Dick y Harry se representa en el Alexandra Palace Theatre hasta el 28 de agosto. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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