Crítica de ‘Mad House’: “La cordura de los dementes”

David Harbour y Bill Pullman protagonizan la primera obra original de Theresa Rebeck en el West End, que explora los defectos y las carencias de una familia americana disfuncional de toda la vida. Tras su asistencia a la noche de prensa, Guillermo Názara nos habla de una de las obras de teatro más esperadas del verano en Londres, para darnos a conocer lo que aguarda tras los muros de su manicomio.

¿Qué es lo que pega el tejido de una familia? A menudo se nos dice que es el amor, pero ese supuesto sentimiento incondicional puede, de hecho, no ser tan frecuente como se nos ha prometido. En su lugar, el egoísmo, la avaricia, el interés y el odio ocasional pueden tener un mayor espacio en el retrato. Porque, aunque optemos por hacer la vista gorda, sabemos que esto es algo con lo que podemos relacionarnos de alguna manera. La parábola del hijo pródigo existe desde hace varios siglos. Para muchos, muestra la injusticia de saludar al bastardo desagradecido que se había ido a una vida de fiesta y excesos, mientras su hermano permanecía fiel a su padre. Para otros, un ejemplo de perdón y redención. Pero la cuestión es que el paso del tiempo no ha afectado a este interminable debate sobre la justicia doméstica, ni a las muchas formas de mantenerlo fresco y comprensivo (a falta de una palabra mejor) con la realidad actual.

Con guión de la habitual de Broadway Theresa Rebeck, Mad House descubre (y remueve) el polvo y el barro que se esconden bajo la alfombra de una familia disfuncional, cuyas piezas probablemente nunca encajaron en primer lugar. Una casa en decadencia situada en medio de la nada americana, habitada por un padre enfermo terminal (Bill Pullman) y su hijo mentalmente inestable (David Harbour), establece los tambaleantes cimientos de una brillante comedia negra que analiza la hipocresía enmascarada de las relaciones familiares. Introduzca al aparentemente exitoso hermano buscavidas (Stephen Wight) y a la odiosa perra emasculada -aka hermana- (Sinéad Matthews) y el sonido retumbante del trueno estallará en la habitación.

Narrada a través de unos diálogos realistas y crudos, la obra no pierde el tiempo para verter su salvajismo, presentándonos la clásica figura de un antihéroe fracasado, al que la vida nunca le ha dado nada a cambio de su sufrimiento y su mala suerte. Atado a los cuidados de su padre al terminar su estancia en un hospital psiquiátrico, el papel de Harbour dista mucho de corresponder a la representación convencional de un mártir, y sin embargo resulta más simpático, receptivo y admirable que cualquiera de sus homólogos, gracias al atractivo de sus imperfecciones. Las habilidades narrativas de Rebeck se elevan a una cima superior cuando se trata de la construcción del personaje de este papel, creando una personalidad atractiva que atrae a cualquiera que haya sido objeto o sentimiento de la sociedad (o ambos) y del acoso del destino. Cuanto más lo conocemos, más nos frustra que no esté obligado a ganar.

© Marc Brenner

De forma similar, aunque distanciada, Daniel (el padre) se gana el amor del espectador a través de nuestra comprensión de su comportamiento errático y (sólo al principio) ingrato – a pesar de sus muchas vergüenzas, es fácil ver que su hijo se queda con él como resultado de un verdadero cuidado y gusto por el chico, en lugar de una responsabilidad impuesta. Una conexión rara pero inquebrantable que se endurece a medida que avanza la trama, y que se demuestra continuamente más fuerte con la llegada de cada nuevo personaje. A fin de cuentas, se trata de una obra sobre dos hombres tenaces unidos por la sangre y vinculados por su comprensión mutua, derivada de su capacidad de resistencia y de hacer frente a los juicios erróneos. El duelo profundo entre sus complejas personalidades e historias de fondo es lo que hace que esta obra destaque sobre cualquier otra del mismo género. En lugar de basarse en los secretos familiares y en las relaciones no aprobadas, como en August: Orange County, hay una influencia shakesperiana rondando, que va más allá de la obvia cuestión de los padres, y que se alimenta de la cautelosa historia ofelianesca de que los llamados locos son a veces los verdaderos portadores de la verdad.

Pero todo esto podría haberse quedado en tinta y papel si no fuera por una producción capaz de encauzar, reflejar e incluso mejorar la calidad de su material de partida. Dirigida por Moritz von Stuelpnagel, los mayores elogios se los lleva el dúo protagonista. David Harbour sobresale por su naturalidad y credibilidad como el desafortunado Michael, exudando ese inquietante encanto que hace que el público sienta y se enamore de él, e incluso se identifique con él. Por otro lado, Bill Pullman realiza una interpretación excepcional como Daniel, potenciando su humor insufrible que lo hace simpático al mismo tiempo. En cuanto al reparto, Akiya Henry interpreta a la cariñosa enfermera Lillian con gracia y destreza, aunque la mayor mención se la lleva Sinéad Matthews, por su notable y nerviosa interpretación de Pam, hasta el punto de que no puedes evitar despreciarla cada vez que está cerca.

El teatro ha sido descrito habitualmente como el espejo para que el hombre se mejore a sí mismo. Ciertamente, la palabra “reflejo” adquiere todos sus significados con esta producción, ya que los pensamientos provocados por su narración se batirán en la mente durante el resto del día, y probablemente algunos más. A pesar de su final ligeramente abrupto (que podría solucionarse fácilmente con el simple uso de elementos visuales, dejando al personaje principal solo en el escenario durante unos segundos como método de conclusión), Mad House es sin duda un triunfo colectivo, lo que la convierte en una visita obligada para cualquiera que busque entretenerse y emocionarse. Quienes la hayan visto seguramente sabrán a qué me refiero, del mismo modo que saben que es una obra para recomendar (y probablemente asistir) más de una vez.

5/5 estrellas.

Mad House se representa en el Ambassadors Theatre de Londres de miércoles a domingo hasta el 4 de septiembre. Las entradas están disponibles en link.

Por Guillermo Názara

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