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Desde el Noel Coward hasta el Gielgud, y ahora permaneciendo en el centro mismo del bullicio londinense en el Criterion Theatre, 2:22 sigue espantando al público tras dos temporadas de éxito inmortal. Guillermo Názara salta al otro lado para revelar lo que aguarda en la tierra de lo desconocido, actualmente gobernada por un reparto de lujo que incluye a Tom Felton y Mandip Gill.

No necesitas creer en las historias de fantasmas… ¡Estás en una! Al principio puede parecer inapropiado citar una película de capa y espada, y mucho menos una franquicia, para empezar una reseña sobre una obra de teatro ambientada en la vida urbana moderna. Pero créanme si les digo que las coincidencias entre ambas superan el ámbito de las apariciones espectrales y, por sorprendente que parezca, incluso el de la ficción. Las razones, sin embargo, a su debido tiempo. Por ahora, centrémonos en lo que les espera a quienes se atrevan a aventurarse en el Teatro Criterio estos días. Sí, ya saben que se trata de un relato sobre el más allá, pero no se dejen engañar por el género… o por lo que consideran que es.

Tic, tac… ¡GRITO! La reacción frenética del público ante lo inesperado establece el estado de ánimo de lo que está por venir. Y no se trata necesariamente de terror; de hecho, yo diría que es ahí donde no hay que enmarcarlo. En su lugar, se nos presenta una obra antrofológica tradicional que sobrepasa los límites habituales de las tramas que tratan de lo oculto. Al igual que en la industria del cine existen las películas sencillamente gore, predecibles e inevitablemente aburridas, en las que no hay más que sobresaltos recurrentes, existen esas raras joyas pulidas que se alejan de la banalidad y exploran temas más profundos sobre la naturaleza humana. 2:22 es esto último, y su texto natural y profundo es la prueba indiscutible.

Dirigida por el dramaturgo y periodista Danny Robbins (cuya experiencia previa escribiendo ficción marca claramente una pauta de experiencia en el campo espiritual), la obra es en realidad una exploración racional aunque emocional de las relaciones y la personalidad de las personas. El miedo a lo que no entendemos (o a lo que pretendemos) es el punto de partida para desentrañar no sólo los secretos de nuestras interacciones con los demás, sino los personajes que podemos crear al hacerlo. Bendecida (o maldecida, a falta de una palabra mejor) con mucho ingenio, la comedia inicial se transforma progresivamente en un drama más serio que atrae la atención, exudando la misma complejidad que tarde o temprano encontraremos en la vida misma.

Credit: Johan Persson/

Con un ritmo notablemente bueno (tanto gracias a sus diálogos trepidantes como a los acertados saltos temporales), la tensión crece exponencialmente durante toda la representación, sin que haya un solo momento en el que decaiga tu interés. A medida que se acerca el momento de que se produzca de nuevo el temible suceso, también lo hace la evolución de los personajes, que se abren al público y a su propio yo, asumiendo sus debilidades y defectos. Es aquí donde la crudeza y la valentía de la obra alcanzan su punto álgido, tratando temas que, por justos que fueran, han sido silenciados por la corrupta corrección política (el juicio a Johnny Depp dará todas las pistas).

Con un reparto de élite, que incluye a Mandy Gill (Jenny), Beatriz Romilly (Lauren) y Sam Swainsbury (Ben), la química entre todos ellos es excepcionalmente tangible, dándote la extraña aunque reconfortante sensación de que eres parte de la escena que estás presenciando, no como un fisgón, sino como un miembro más de la fiesta. La mayor mención, sin embargo, es para Tom Felton en el papel de Sam. Interpretando a un sabio (aunque a veces condescendiente) científico, la actuación de Felton es tan natural y carismática que casi parece una extensión de su propia identidad. Su personaje, aunque nunca es insoportable (resulta ser mi favorito), podría caer fácilmente en la casilla de lo odioso, pero la presencia escénica y el encanto de Felton lo mantienen simpático en todo momento.

Dirigida por Matthew Dunster, 2:22 es un buen ejemplo de lo que el talento y la imaginación pueden aportar cuando se trata de una historia clásica. Todos hemos visto o leído tramas que tratan un tema similar, incluso puede que nos hayan contado alguna sacada de las propias experiencias de conocidos, sin embargo esta obra consigue destacar. Hay humor, hay tragedia, hay profundidad, tira de las cuerdas del corazón y el autor no tiene miedo de decir lo que piensa. Eso suele llamarse arte. Sospechaba el final (aunque de todos modos suelo hacerlo), pero eso no me impidió seguir pensando en él cuando salía de la sala -incluso comentándolo con gente que ni siquiera conocía, ya que los huevos de pascua que te dan te persiguen claramente (perdón por el juego de palabras) para que conectes los puntos durante un día o dos. Cuando puedes jugar con la mente de tus espectadores hasta ese punto, no hay duda de que tienes algo ahí.

4/5 estrellas.

2:22 se representa de martes a domingo (doble función los días de fin de semana). Las entradas están disponibles en link.

Por Guillermo Názara