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Desde 2014, el humor característico de Mischief ha conquistado la escena londinense con su ya mundialmente aclamada comedia, ¡para horror de su compañía! Tras su milagrosa supervivencia a tan excrutiante experiencia, Guillermo Názara comparte los detalles sobre la nueva noche mediática del espectáculo, para que sepamos si todo salió tan mal como se deseaba.

Como justos representantes del arte nacional, los locales del West End están comprometidos con los más altos estándares a la hora de montar un espectáculo, asegurándose de que la calidad mundialmente conocida del teatro británico se mantenga adecuadamente. Así, el distrito está repleto de producciones que llevan décadas en cartelera y que siguen acogiendo a peregrinos de todo el mundo, hambrientos de deleitarse con la buena actuación y la exquisita escritura. Luego está Asesinato en la mansión Haversham, una imitación del estilo whodunnit de Agatha Christie (y, por lo que nos importa, de su obra que batió el récord, La ratonera) interpretada por intérpretes poco profesionales y sin talento, desesperados por conseguir diez segundos de gloria (si es que alguna vez han entendido el significado de esa palabra), aunque su lucha hace que parezca mucho, mucho más larga.

Una mala dirección, una clara falta de ensayos (o una incapacidad boderil para aprender) y una débil narrativa se unen -perdón por el juego de palabras- para crear la obra más insoportable que he revisado nunca -¡y llevo años haciendo este trabajo! Organizado por la Cornley Polytechnic Drama Society (un grupo cuyos miembros no hacen justicia a su pomposo nombre), este producto es un ejemplo impecable de por qué nunca se debería haber concedido al teatro comunitario un lugar dentro del sector profesional, quitando el protagonismo a quienes lo merecen mejor (aunque sea por un palmo).

De forma bastante arrogante, esta patética panda de bufones (sin despreciar la ocupación actual) tienen la desfachatez de seguir con su lista interminable de intentos fallidos -sus anteriores joyas de la corona incluyen versiones a escala reducida de material de Andrew Lloyd Webber y extraños experimentos que deberían haber servido como prueba para llevarlos a todos a un manicomio y tirar la llave. Todavía no se han cansado de hacer el ridículo (bueno, es difícil rehacer lo que ya está hecho), la compañía acepta el risible reto de presentar un melodrama de misterio barato que apenas hace mella en el público salvo por sus cacareos histéricos.

Sólo una señora se negó a seguir la corriente, o al menos así lo señaló el presentador/director/actor principal Chris Bean -aka Mikhail Sen-. En cuanto al resto, el público, con las entradas casi agotadas (todavía se pregunta cómo lo han conseguido), no pudo evitar las risas y los aullidos (estos últimos mucho más predominantes) ante lo que parecía un condenado carrusel de desgracias teatrales. Es doloroso de ver, no sólo por la espantosa abominación que se desboca ante tus ojos, sino porque tanta carcajada incontrolable acaba por doler.

¡Ni siquiera una escena está bien hecha! Esa podría ser la única frase para reseñar esta obra y sólo con ella lo habría dicho todo. Pero me he propuesto la sádica tarea de repasar cada detalle traumático para advertirte de lo que te espera si te atreves a aventurarte en la guarida de las ovejas negras del Covent Garden. No exageraría si dijera que no pasó ni un minuto sin que se produjera alguna «impro» inesperada. Las meteduras de pata son comprensibles en un espectáculo en vivo y los actores suelen ser alabados por su capacidad para compensarlas, y aquí no se dio ninguno de los dos casos. Parece como si fueran un imán para los accidentes – o más exactamente, fueron el propio accidente.

Resulta extraño decirlo, pero es como si fuera demasiado terrible para ser verdad. Pero, ¿cómo puede coordinarse tan eficazmente una catástrofe como ésta, por no hablar de su puesta en escena? ¿Puede un reparto ser realmente (o al menos, parecer) tan espontáneo calamidad tras calamidad? ¿Pueden sincronizarse las bromas pesadas de forma tan creíble? ¿Podría la desesperación insoportable impresa en las caras de esas pobres criaturas no ser más que el resultado de un hueso de comedia excepcional? En serio, no lo creo. Eso es sólo una ilusión de un reportero que sólo intenta ser amable, como ha demostrado, con suerte, a lo largo de esta crítica. Sorprendentemente, el espectáculo sigue en cartelera (y lleva ya casi 8 años en cartelera), así que si quieres unirte al infame grupo de los que hemos sido lo suficientemente tontos como para quedarnos atrapados durante las dos horas más (…caramba, ni siquiera voy a decirlo…) de nuestras vidas, hazlo. Pero haz caso a mis palabras (y a lo que hay entre ellas también).

5/5 estrellas (para los que no lo pillan).

The Play That Goes Wrong se representa en el Duchess Theatre de Londres de martes a domingo. Las entradas están disponibles en el siguiente link.

Por Guillermo Názara