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Años después del fin de la II Guerra Mundial, el matemático e inventor Alan Turing es investigado y acusado por una sociedad ignorante y deshumanizada. Comenzará así un repaso por las hazañas, pero también el alma, de un genio encerrado en sí mismo, cuyo fin llegará de forma temprana y misteriosa. Guillermo Názara nos cuenta su visión sobre este nuevo montaje protagonizado por Daniel Grao y Carlos Serrano, que tras su temporada en los Teatros del Canal, comienza su gira por España.

Un silencio atronador inunda una sala rebosante de espectadores, los mismos que minutos antes repetían, una y otra vez mientras accedían al teatro, el mismo mantra monotemático: “¡qué ganas tenía de ver esta obra!”. Ante las desconcertadas miradas de un público ansioso, Carlos Serrano recoloca algunas piezas del decorado y se dirige al patio de butacas con una sonrisa nerviosa, incapaz de decir nada. Lo repite, y lo repite, y lo repite… Parece que algo no va bien… Las dudas se disipan cuando un tímido Alan Turing (Daniel Grao) entra en escena escudado por una máscara de gas. En efecto, algo no va bien: nuestro protagonista tiene pánico de esta rodeado de gente. Y en efecto también, el montaje nos ha absorbido en su universo desde el primer segundo.

La Máquina de Turing es un relato ágil y envolvente sobre las tinieblas de uno de los hombres que más brillaron en su profesión. Constantes saltos en el tiempo, ejecutados con buen ritmo y claridad, nos introducen en el mundo de un genio aislado de la sociedad, o que quizás, ha sido la sociedad quien se ha aislado de él. Ocurrente, pero falto de carisma; ingenioso, pero carente de elocuencia. Así es nuestro protagonista, un personaje real cuya prodigiosa mente logró descifrar los mensajes encriptados de los nazis y así adelantar varios años el fin de la guerra. Fue su invención, un enorme artilugio bautizado como “Christopher” y precursor de los ordenadores, la que permitió tal proeza. Un gigantesco conjunto de cables, metal y engranajes. Frío, deshumanizado… Los mismos adjetivos con los que muchos calificarían la actitud de Turing, y que sin embargo, demuestra ser el que mayor humanidad y complejidad tiene de todos.

Pero el texto es solo la base sobre la que se forja esa realidad (cuando se ha hecho bien) que habita en el escenario. Tanto la dirección de Claudio Tolcachir como las interpretaciones de Grao y Serrano son sin duda el gran triunfo de este montaje. La transformación del primero en un hombre con serias dificultades para comunicarse y socializar, y cuyas reacciones se podrían a veces confundir con las de un niño de 5 años, resulta a veces enervante de lo realista y comprometida que es. Frente a él, Carlos Serrano demuestra, y con destreza, la esencia de lo que significa ser actor: la habilidad para mutar de un personaje a otro, algo que el pone a prueba de escena en escena durante más de una hora.

La Máquina de Turing es un gran ejemplo de lo que solo el teatro puede hacer. Caja negra, no más de tres elementos para ambientar y algo de atrezo son más que suficientes para transportarnos en ese intenso viaje por la Inglaterra de mediados de siglo, y la rocambolesca mente de un erudito cuyo único crimen fue vivir una época dominada por la homofobia y el señalamiento. En sus últimas palabras, antes de su trágico e injusto final, nuestro héroe se compara con una estrella que hoy en día sigue parpadeando como el cursor de nuestros ordenadores. Estrella o no, su luz ha seguido alumbrando los progresos y recuerdos de todo el mundo. Una luz similar a la que parece arrojar esta producción.

Por Guillermo Názara