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Hay novelas cuyas tramas no soportan estar encarceladas en sus páginas, y solo hace falta el talento y la imaginación de otro artista para que salgan a explorar otros géneros y formas. Esa es precisamente la historia de Una Tienda en París, que tras nacer de la prosa de Máximo Huerta, salta a los escenarios en forma de musical, con una producción que combina las técnicas más variadas para ofrecer un espectáculo “diferente”.  Guillermo Názara conversa con Guillem Durán, autor de la partitura, para conocer más sobre la creación de este show, que se define como un homenaje a todas las artes.

“Siempre hace falta un golpe de locura para desafiar el destino”. Es como si el propio libro describiera la creación de un nuevo musical…

Pues efectivamente, y es la primera frase que se oye nada mas empezar la obra. Al igual que Teresa, que pone rumbo a París dejando su vida anterior en Madrid sin saber lo que se va a encontrar, nosotros nos embarcamos en una aventura tan compleja y apasionante como es la creación de un espectáculo musical. Un golpe de locura en toda regla.

¿Cómo surge la idea de hacer esta adaptación?

Pues al igual que en el libro, fue fruto de la casualidad. Teresa encuentra un cartel en un anticuario que le llama la atención y es la chispa que la empuja hacia su destino, y en nuestro caso la chispa fue encontrar el libro Una tienda en París, de Máximo Huerta, en el escaparate de una librería. En la portada aparece una mujer de espaldas con una gabardina verde, y concretamente mi madre es parisina. Cuando descubrí la novela me vino de repente un recuerdo de mi infancia con ella vestida con su clásica gabardina verde paseando junto a él por las calles de París, y así empezó todo.

Convertir cualquier obra en teatro musical siempre acarrea muchos cambios. En este caso, ¿cuánto habéis tenido que alterar y por qué?

En nuestro caso íbamos modificando el libreto de la obra a medida que construíamos la historia en los ensayos y en vivo. Después de varias versiones fuimos sacando conclusiones e incluyendo información y nuevos personajes que considerábamos necesarios para entender la historia. Ha sido un proceso largo y delicado, porque quizás nos hubiese gustado incluir partes del libro que eran interesantes, pero que a nivel representación teatral no aportaban tanto al desarrollo de la trama. La literatura y el teatro tienen necesidades distintas y hemos tenido que amoldar la historia al escenario.

En la obra mezcláis temas originales con grandes canciones de la época. ¿Por qué habéis optado por esta combinación en lugar de usar todo un repertorio previo y adaptarlo para la narración?

La idea inicial del proyecto era hacer un disco de canciones inspiradas en el libro, pero a medida que íbamos componiendo el material nos dimos cuenta de que el formato narración musical podría encajar, así que buscamos un nuevo enfoque. Teníamos suficiente material original pero como apasionados que somos de la música francesa, y en concreto de la “chanson”, nos vinieron a la mente un par de clásicos que encajaban a la perfección en momentos determinados con la trama de la historia. Además, Máximo, el autor del libro, es un gran melómano y en cada uno de sus relatos suele referenciar temas musicales, y este no es una excepción.

¿Cuál ha sido tu proceso para componer en un estilo que transporte a esos años 20?

En esa época en París se escuchaba mucho la música que surgía de Estados Unidos post-primera guerra mundial: el charleston, el Rag Time, el blues, el Jazz más primario, y un poco más tarde en su vertiente afrancesada llamada Jazz manouche, o “gypsy jazz”, con Django Reinhardt a la cabeza. Si a eso le añades, aunque ligeramente anteriores en el tiempo a los impresionistas (Debussy, Satie, Ravel) y las corrientes modernistas que empezaban a surgir, teníamos suficientes referencias musicales. Hemos optado por componer los temas haciendo que cada personaje principal tenga un leit motif que lo identifique, y al mismo tiempo hemos aportado nuestro toque, nuestra esencia musical, que llevamos trasladando a los escenarios hace ya unos cuantos años con nuestro grupo, Daltmurada.

Por otro lado, con esta producción, habéis querido hacer un homenaje al arte en general…

Este fue el objetivo desde el principio. Los años 20 en París fueron un crisol de cultura, arte, pintura, literatura, etc y nos parecía muy sesgada la visión de una sola disciplina artística en la obra, así que en escenario unificamos y homenajeamos al cine, a la pintura, a la literatura, a la música…creemos que eso enriquece el discurso.

¿Qué hace que este espectáculo sea diferente, como prometéis?

Aunque es un musical porque tiene música en directo, voces, baile y parte actoral, nos gusta la etiqueta de diferente, porque no seguimos los cánones clásicos de los musicales mas conocidos por el público en general. Al ser un espectáculo nuevo, sin referencias, hemos decidido mantenernos alejados de algunos de los clichés que caracterizan a este formato. Sin embargo el seguidor de musicales también encontrará puntos de conexión.

¿Qué palabra describiría para vosotros los años 20 y por qué?

Es muy difícil describir una época clave para la historia del siglo XX en una sola palabra. Quizás “intensidad” por lo breve que fue (apenas unos 10 años) en un periodo de entre-guerras en donde surgieron infinidad de movimientos artísticos que son los cimientos del arte en la actualidad.

¿Cuál es el futuro de esta producción después de vuestro paso por Valencia?

Valencia es el punto de partida de una gira que nos llevará por diferentes ciudades de la geografía española. Nuestra filosofía es ir evolucionando junto a las representaciones. Buscamos un espectáculo vivo, y que tenga frescura en cada representación. Por lo tanto, el girar y conocer diferentes puntos de vista nos enriquecerá .

¿Por qué hay que ir a ver ‘Una Tienda en París’?

Por varias razones: por la música en directo, por la puesta en escena, por el concepto de espectáculo, pero sobre todo nos gustaría que el espectador entrara al teatro sin ninguna idea preconcebida y que se llevara a casa las sensaciones que intentamos transmitir en la obra.

Por Guillermo Názara