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La obra maestra de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber regresa a Madrid por tiempo limitado; una vez más de la mano de Jaime Azpilicueta y producido por el Cabildo de Tenerife. Duar Martín nos cuenta su opinión sobre esta nueva producción, disponible en el Nuevo Teatro Alcalá hasta finales de octubre, que reinterpreta uno de los grandes clásicos del teatro musical.

Miércoles, 28 de septiembre de 1978. Hoy he venido a ver un musical nuevo de una joven promesa de apellido Lloyd Webber. Es la primera vez que un musical está basado en la historia real de un personaje relevante. Lo cierto es que este año está lleno de grandes acontecimientos, no solo el estreno de Evita… Hagamos memory. Juan Pablo II se convierte en jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano tras la muerte de su antecesor, Juan Pablo I, cuyo pontificado solo duró 33 días. Nace la Constitución española, en España se despenaliza el amancebamiento y el adulterio. Nacía Diana Navarro, que se convertiría en una maravillosa cantante y nace Fran Perea, que daría el cante.

Evita es poseedora de una de las más hermosas partituras del teatro musical. La versión que he visto en el teatro Nuevo Alcalá me ha hecho soñar. Soñar en un mundo de “posibles”. En un mundo donde se llegarán a superar las deficiencias y donde las producciones son más elaboradas, más profesionales… esas cosas que da el paso del tiempo y que tanto he echado de menos en esta ocasión. Ha sido volver a una forma de entender el musical que creía olvidada.

Además de omitir temas del musical que hacían muy difícil comprender la historia, la sensación general fue la ausencia de energía. Es muy difícil conectar con un espectáculo cuando no hay pasión en lo que ves. El comienzo augura un bajo estado de ánimo que se convierte en realidad a medida que se suceden las escenas. Y no es solo la escenografía “minimalista”, la iluminación inadecuada, las “¡pues vale!” coreografías, acentos argentinos que van y vienen, un escenario recargado de gente… Se puede transmitir sin grandes recursos, pero ni siquiera creo que hubiera tal intención y si la había, ese día tenía otra cosa más importante que hacer que pasarse por el teatro.

Hacer playback en un musical no es nada nuevo. Se hace con más frecuencia de lo que mucha gente pueda pensar, pero hay que hacerlo bien. Entiendo que se recurra a ello cuando puede estar en riesgo la cuerda vocal del artista, pero para decir un texto, no. Y por supuesto, que no se note. Si en los ensayos nadie se dio cuenta, que se lo hagan de mirar.

Mi opinión sobre el talento infantil en España siempre ha sido clara, no hay. Se intuye algo en la lejanía y ojalá algún día pueda ver un musical con un artista infantil que me haga cambiar de idea. En esta versión de Evita me reafirmé. Sale un coro de niños dispuesto a crear un gran momento. “¡Qué monos! A ver cómo cantan”. No pude saber cómo lo hacían, solo sé que no saben hacer playback. Todos ellos mirando a un punto de referencia para guiarse… en fin.

Ahora me pongo mi sombrero de marketiniano, mi profesión, por si no lo sabías. Analizando al público que vi en el teatro, tal vez debería llegar a la conclusión de que yo no era el target. Si preguntamos a otros que asistieron, su opinión pudiera ser muy distinta. No me parece mal hacer espectáculos para gente que ya iba al teatro en los setenta, pero creo que el teatro debe ser inclusivo. Hacer proyectos para que solo lo puedan disfrutar ciertas generaciones no es entender el teatro con vocación de gran éxito.

Damas y caballeros, juzguen ustedes mismos. Evita… Pasen y vean.

Por Duar Martín (@DUARAUD)