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Tras finalizar su última temporada en el Maravillas con la exitosa obra El Crédito, Luis Merlo se sube de nuevo a los escenarios con El Test; ópera prima de Jordi Vallejo que, tras su paso por el Palacio Euskalduna de Bilbao, se instala por tiempo indefinido en el Teatro Alcázar Cofidís de Madrid. Guillermo Názara se reúne con el actor para hablar de esta nueva comedia que explora la cara más oscura de la amistad y cómo la avaricia puede provocar en alguien las reacciones más inesperadas.

Cien mil euros ahora o un millón dentro de diez años. La obra plantea un dilema muy complicado…

Muy complicado. Hace unos días me ocurrió algo que cambió por completo mi manera de ver las cosas; más allá de solo creer que los que dirigen el mundo (que no son los que salen en los medios) nos han quitado la fe en el futuro. Unos amigos míos médicos, cuya profesión les permite vivir muy bien, me dijeron: “Con lo que nosotros vemos a diario, no lo dudes: quédate con los cien mil euros siempre”. Es lógico, ya que lo que ellos ven a menudo son vidas cercenadas en la flor de la juventud; es algo muy duro. Sin embargo, es algo que me descolocó por completo porque hasta entonces estaba convencido de que este dilema solo tenía que ver con un problema socioeconómico. Pero no. También atañe a la confianza en que mañana sigamos aquí de una pieza.

¿Nuestro deseo se mueve más por la inmediatez o la cantidad?

Depende de cada uno; y esta obra es un reflejo de ello, como ocurre siempre en el teatro y en la literatura. Lo que para mí puede ser una tontería (ya sea por mi edad o a las conclusiones a las que yo haya llegado), para ti puede ser muy trascendental; y viceversa. Nuestras situaciones son distintas. En este montaje, mi personaje sabe perfectamente que los amigos a los que les plantea ese test viven en unas condiciones muy distintas a las suyas. Ahí está el conflicto dramático (aunque se trate de una comedia): los seres humanos estamos en distintos sitios. Lo que para uno tiene importancia, para otro no la tiene. Y por otro lado, está la avaricia. Lo que un adulto es capaz de hacer víctima de ese sentimiento resulta muy cómico.

¿Somos materialistas por naturaleza?

Sí. Todos queremos comprar algo. Incluso la persona menos materialista (como puede ser en mi caso), quiere adquirir algo. A mí, por ejemplo, me gustaría comprar tiempo; que no lo tengo. Y la única manera que se me ocurre para poder hacerlo es trabajando menos; no hay otra forma.

En una entrevista describías a tu personaje, Toni, como alguien al que le gusta jugar. ¿El dilema que plantea se queda en una mera diversión o se trata de una manipulación intencionada?

Una manipulación en toda regla. Lo que pasa es que solo nos pueden manipular aquel en el que confiamos o aquel al que necesitamos. Luego hay un tercer tipo: el mamón al que queremos. En mi caso, yo puedo manipular a mis amigos porque soy  ese mamón. No sé las consecuencias que tendrá el dilema que les planteo, pero juego con red porque parto de una situación económica muy buena. Mi personaje es un triunfador social; por lo tanto, todo lo que suceda lo hará con estabilidad en mi caso, pero no en las de los otros personajes. Al final de la obra, además, se desvela un gran secreto fruto de una relación de amistad de treinta años; en relaciones tan largas, es difícil que no lo haya. ¿Y quién empieza a descubrir ese gran secreto? Pues también ese mamón al que yo interpreto.

También comentabas la necesidad de traer obras nuevas al teatro.

Sí. Tengo la suerte de no ser un actor de repertorio. Hamlet, Segismundo, Kowalski… ¿Para qué hacerlos? Ya los han interpretado muchos y además muy bien. Me apetece mucho descubrir un personaje contemporáneo; cada día me emociona más porque está descargado de toda la teatralidad que existe en las obras clásicas.  En estas obras se habla de la gente cotidiana (como se viene haciendo en todo el teatro del s.XX); y eso a mí como actor me parece muy rico de hacer. Te encuentras con referentes muy cercanos tanto a ti como al público; compartes luces y sombras que todos tenemos.

¿Está el teatro español envejecido?

No, pero creo que está maltratado. Para no ponérselo difícil al público (con lo difícil que nos lo han puesto a nosotros con el 21% de I.V.A.), hemos tenido que reinventarnos; y alguna gente no lo ha conseguido. Hay gente muy válida que se ha quedado en la cuneta, gracias a una decisión que además hace perder al gobierno varios millones de euros al año; pero a los políticos les molesta que tengamos ideas.

¿Por qué hay que ver El Test?

Creo que es una obra que te renueva y que te pone un espejo clarísimo. Y sobre todo, algo que me maravilla: es un montaje que te hará salir de distinta forma a cómo has entrado y que puede generar un coloquio sobre lo que has visto. Y encima, traído a través de la carcajada.

Por Guillermo Názara (@MrNazara)