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Resulta difícil describir en pocas líneas la impresionante trayectoria que se sostiene tras este nombre. Ganador de uno de los premios literarios más importantes en España con tan solo 18 años, Fernando J. López es ahora uno de nuestros dramaturgos más prolíficos e importantes. Una gran sensibilidad y un inagotable sentido de la justicia; dos trazos con los que definir la extensa producción del escritor barcelonés. Guillermo Názara recorre junto al autor los momentos más importantes de su carrera, además de comentar sus nuevos proyectos teatrales, que verán la luz a comienzos de este próximo años.

¿Cómo surge tu vocación por el teatro y la escritura?

Surge de manera natural, espontánea. Desde niño me recuerdo escribiendo… Empecé con narraciones breves, cuentos que regalaba a mis amigos y fue ya en la adolescencia cuando me empezó a interesar el teatro. La idea de dejar de proyectarme en personajes diversos y de ceder mi voz a la suya me resultó especialmente atractiva y supongo que encontré en el género dramático un modo de vivir el vértigo existencial inherente a la adolescencia.

Cuando estabas en la Universidad, fundaste la compañía Armando no me llama. ¿Cómo nace esta iniciativa?

Nace de un grupo de amigos que compartíamos pasión teatral y queríamos abordar historias que diesen testimonio del ahora. Aquello fue un aprendizaje brutal para todos y, en mi caso, fue esencial en mi formación como dramaturgo. Hemos llevado nuestros montajes a todo tipo de salas, festivales, certámenes… y ese rodaje es impagable. Fueron años de efervescencia personal y creativa. Una etapa que recuerdo con mucho cariño.

Comenzaste en el mundo de la escritura pisando fuerte. Tu primera novela, In(h)armónicos, resultó ganadora del Premio Nacional Joven y Brillante 97, que otorgaba un jurado formado por autores de la talla Camilo José Cela. ¿Qué supuso lograr semejante reconocimiento?

Fue un gran aliciente para continuar escribiendo: conseguir un premio de manos de autores como Cela o Bousoño era algo impensable para aquel adolescente de dieciocho años que acababa de escribir su primera novela. Sin embargo, también tuvo su parte negativa, pues publicar tan joven me generó un nivel de expectativas que tardarían en cumplirse. La novela fue bien, tuvo buenas críticas y todo parecía que se encaminaría de manera sencilla y natural hacia la siguiente, algo que no sucedió así, sino que vendría precedido de mucho trabajo, de mucho esfuerzo y de muchos noes editoriales. En cualquier caso, ese premio fue esencial para que apostara por la literatura en un momento en que no estaba seguro de si ese era o no un camino posible.

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La homosexualidad es sin duda uno de los temas principales de tu obra.  ¿Crees que tu producción ha contribuido, de algún modo, a su progresiva aceptación social?

Sería muy pretencioso afirmar algo así, pero lo que sí puedo decir es que en toda mi obra, tanto narrativa como teatral, he tratado de ejercer la visibilidad y de mantener un cierto “activismo literario”, pues creo que toda obra es, en sí misma, una visión del mundo, un posicionamiento –ético y estético− ante la realidad, de modo que como autor siento que tengo la responsabilidad de abordar, desde el plano de la ficción, aquellos temas que me inquietan y que me preocupan. La homofobia es, sin duda, uno de ellos, por eso abordo el tema de la visibilidad LGTB en títulos como La edad de la ira, Nunca en septiembre (relato incluido en Lo que no se dice), Cuando fuimos dos o Saltar sin red, entre otros títulos.

Una de las piezas más relevantes que has escrito sobre este tema es Cuando fuimos dos, un montaje en el que cuestionas los grandes trópicos de las relaciones. Para ti, ¿cuál sería el mayor cliché? ¿Y el mayor tabú?

El mayor tabú, sin duda, es el sexo. Y no solo el homosexual. Estamos en un momento en que, en el plano de la ficción, nos hemos habituado a niveles superlativos de violencia, sin embargo, el sexo se expresa de maneras poco naturales y espontáneas. El mayor cliché, la asociación del mundo homosexual con un único tipo de individuo, algo a lo que han contribuido los medios de masas y la sociedad de consumo. En Cuando fuimos dos trataba de reflejar la vida de una pareja gay con un objetivo muy claro, que el espectador se olvidase de si eran dos hombres, dos mujeres o un hombre y una mujer. La función quería romper estereotipos (con los que, en mi caso, no me identifico) y ejercer ese activismo del que hablaba antes desde la naturalidad: lo interesante de la obra no eran los tópicos gays, que se desnudaban conforme avanzaba la pieza, sino la complejidad de las emociones de sus protagonistas, con las que se identificaba la mayoría del público que venía a nuestro montaje.

Como novelista, otra de tus obras más destacadas es La edad de la ira, en la que reflejas los grandes problemas de los adolescentes de hoy en día; en ocasiones llevados al extremo. No obstante, lo que plasmas en este libro es muy real. ¿A qué crees que se debe el hecho de que muchos jóvenes se encuentren en situaciones de este tipo?

La novela plantea, con la excusa de un thriller, una radiografía de muchos problemas sociales que me inquietan. A los adolescentes les afectan porque son parte de esta sociedad, aunque a menudo queramos convertirles en causa única de situaciones de las que no son más que un reflejo. El propio título de la novela es engañoso: La edad de la ira parece aludir a la adolescencia y, sin embargo, alude a algo mucho más amplio, a nuestro propio tiempo, a la violencia (social, económica, física…) que nos rodea y que asumimos como compañía inevitable. De todo eso habla la novela y en ella no se intentan dar soluciones, pero sí plantear interrogantes. En algo tan complejo como la educación no se pueden ofrecer respuestas únicas, es preciso el diálogo y la colaboración. De otro modo, avanzar resulta imposible.

 ¿Ha habido alguna inspiración personal a la hora de concebir la historia o sus personajes?

Siempre la hay en todo cuanto escribo. La literatura es una forma retorcida de verdad, así que bajo mis personajes siempre habitan nombres y vidas que me inspiran. Y en todos ellos, aunque a veces sea de un modo siniestro o extraño, hay una parte de mí.

Recientemente has estrenado tu versión de Yerma en el Gala Theatre Washington.  ¿Qué crees que has aportado en esta nueva visión del clásico de Lorca?

Es difícil aportar a un texto que ya es en sí mismo genial. Y más aún cuando se admira tanto como yo admiro a su creador… Más que aportar, lo que he intentado como adaptador era condensar la esencia de la tragedia y subrayar algunas ideas revolucionarias de Lorca que, en el desarrollo original, quedaban algo más tamizadas ante el elevado número de personajes de la obra. Como en la función que dirigió José Luis Arellano contábamos con cinco actores (que además, eran excepcionales), intenté trabajar el texto desde esa misma esencialidad, dejando que hablara la poesía de Lorca y dando una voz algo diferente a uno de los personajes de la función que más opciones me ofrecían: María, la amiga y vecina de Yerma. La propuesta, en definitiva, releía la obra desde una mirada feminista y comprometida, pero respetando la palabra y el genio de Lorca.

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¿Supone algún reto trabajar para un público distinto al español?

El reto es siempre el público. Sin adjetivos. Por suerte he podido ver mis obras representadas en diferentes países y las emociones esenciales se mantienen idénticas. Es gratificante comprobar que el lenguaje artístico es y será siempre universal.

 

¿Cómo definirías la situación del teatro en España? ¿Se debería tomar alguna medida?

Complicada y precaria. Vivimos un momento de ebullición creativa, con muchos autores, actores, directores, productores… trabajando a la vez, pero bajo el peso de un IVA abusivo y de una política cultural desmembrada y con escaso interés en el teatro. Falta, además, una educación teatral mucho más sólida y un mayor peso de las artes en nuestros programas escolares.

¿Puedes adelantarnos algo sobre algún proyecto que tengas entre manos?

Ahora mismo ando ultimando los estrenos y lanzamientos editoriales de 2016, que va a ser un año muy intenso. Por un lado, Los amores diversos, un monólogo muy especial para mí, protagonizado por Rocío Vidal, y que se estrena oficialmente en enero en el Festival de Teatro de Málaga; la versión de Pánico, una comedia de Mika Myllyaho que se estrenará en febrero en Avilés, con Sergio Mur, Guillermo Ortega y  Felipe Andrés; y dos novelas nuevas: Los nombres del fuego, un texto se publica en febrero y que definiría como young adult, es decir, destinado a jóvenes y adolescentes pero que pueden leer los adultos; y El don de la crueldad, un título en el que estoy trabajando ahora mismo y que, si todo va bien, verá la luz en mayo-junio con Dos Bigotes.

Entrevista realizada por Guillermo Názara (@MrNazara)