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Una sociedad dominada por los roles que cada uno se ve forzado a interpretar para poder sobrevivir en ella. Una amarga, aunque realista, premisa a partir de la cual nace Famélica, una comedia cargada de crítica e ironía que actualmente triunfa en las tablas del Teatro Lara de Madrid. En esta nueva entrevista para Primera Fila, Guillermo Názara se reúne con su director, Jorge Sánchez, para descubrir cómo ha sido su proceso de creación, sin duda uno de los más originales e innovadores del teatro contemporáneo.

He leído que Famélica nace a partir de las necesidades expresivas tanto de su dramaturgo, Juan Mayorga, como de las tuyas. ¿Cuáles son estas necesidades?

Actualmente estamos en un momento en el que parece que hay un deseo de la sociedad de tomar las iniciativas; ha pasado de ser un espacio de inmovilidad a uno de movilidad. En esa dinámica queríamos encuadrar nuestro proyecto; no ha sido una producción que nace porque alguien nos ha llamado ni de que hubiera una oportunidad para hacerla, sino que simplemente surge por una necesidad vital de que Juan  y yo nos encontráramos artísticamente sin ningunas condiciones de producción ni estructura. De esta manera, ha podido tener sus tiempos y su evolución.

¿Qué es Famélica? ¿Qué pretende transmitir?

Por una parte, Famélica es la historia de esos grandes ejecutivos que pueden acceder a los grandes puestos y que, sin embargo, trabajan a disgusto; para ellos, el trabajo se ha convertido en algo cansino, un espacio en el que uno no deposita sus mejores deseos. Esto es lo que representa Famélica: aquellas personas que aunque profesionalmente han alcanzado el éxito, siguen estando en esa situación famélica de deseo e interés.

Por otra parte, también nos interesaba jugar con ciertos discursos y teorías del siglo pasado relacionadas con las grandes ideologías, donde todo era ilusión y morir por la causa. Hay mucho en la obra en relación a este universo; no sé si lo parodiamos, pero desde luego lo miramos desde otra perspectiva.

¿Y sería una perspectiva optimista o pesimista?

Creo que ese es el gran debate que surge al salir de la obra. La gente tiene un tránsito durante la función que es bastante agradable, ya que apelamos al humor y utilizamos mucho la ironía cuando nos referimos a las ideologías. No obstante, al final siempre nos quedamos con un sabor amargo que cuestiona si deberíamos reírnos de lo que acabamos de ver. Es algo que, en definitiva, dejamos abierto al espectador; puede mirar Famélica como algo positivo o negativo, pero creo que depende mucho de sus propias experiencias.

Me sorprende la forma en la que la habéis preparado, tan peculiar que hasta habéis tenido que bautizarla bajo el nombre de creación a ciegas. ¿En qué consiste exactamente?

Nosotros solíamos ensayar un par de semanas y luego le enviábamos el material a Juan, que a veces nos contraproponía con algunos textos, que no siempre tenían que ver con nuestra propuesta. También dejábamos que pasara tiempo entre sesión y sesión, principalmente por nuestras obligaciones profesionales. Cuando este material se acumuló, llegó el momento en el que nos dimos cuenta de que había algo que nos importaba y empezamos a estructurarlo un poco más, además de buscar una forma más ortodoxa para trabajar.  No obstante, creo que el teatro, aunque muestre algo oscuro, debe servir como herramienta de superación.

¿No ha sido arriesgado trabajar de esta manera?

Yo creo que todo proceso creativo es arriesgado. Incluso cuando uno intenta repetir una fórmula, está arriesgando mucho, ya que todo proceso tiene que encontrar su propio camino, aunque se trabaje de forma estructurada. A pesar de que en este caso no teníamos estos condicionamientos, sí que apostábamos por trabajar con mucha energía para encontrar el contacto entre lo que Juan escribía y las dinámicas escénicas que yo diseñaba junto al reparto. El hecho de que fuera arriesgado suponía una motivación por encontrar aquello que nos uniera como equipo.

Originalmente habíais concebido tres personajes para un elenco de tres actores. Pero más adelante, decidisteis que cada intérprete daría vida a más de uno.  ¿A qué se debió este cambio?

Mis primeros diseños para esta obra contaban con tan solo con tres actores, así que nos propusimos trabajar a partir del material que ya teníamos. No obstante, conforme Juan escribía, comenzaron a surgir nuevos personajes, por lo que pensamos que nuestro elenco podría interpretar a varios. Pero llegado un momento, la trama se volvió tan compleja que ese recurso escénico ya no ayudaba a la lectura de la obra. Por lo tanto, Juan redujo los 10 personajes originales a 4, lo que también nos llevó a ampliar nuestro reparto. No obstante, cada personaje tiene otro personaje dentro de la propia obra: se llama de otra manera, tiene nombres falsos, etc. De esto podemos sacar un discurso sobre la vida real: vivimos en un mundo en el que todos tenemos que hacer papeles y nos ponemos tras la máscara de algún rol o función, sobre todo en nuestro entorno laboral.

Jorge Sánchez y Juan Mayorga junto al elenco de Famélica

Jorge Sánchez y Juan Mayorga junto al elenco de Famélica

¿Sería por lo tanto una crítica a la impersonalidad de nuestra sociedad?

Sí, íntimamente somos muy distintos pero cuando tenemos que jugar una función pública o social, todos nos parecemos mucho: se imitan códigos, fórmulas para hablar, incluso los gestos –antes solo importantes para los actores- se han vuelto una materia básica para los empresarios. Ahora estamos en un mundo donde todo eso forma parte del show que supone la comunicación en público.

Contáis, además, con un escenario de dimensiones mínimas. ¿Qué retos te supone, como director, representar la acción en un espacio tan reducido?

Cuando empecé a trabajar con los actores no me planteé ninguna idea de espacio, porque queríamos experimentar con un montaje cuyos elementos se pudieran reducir al máximo. Yo soy muy amante de lo plástico –música, luces, decorados-, pero en este caso me parecía que no debía forzar este gusto y que el espacio escénico fuera una consecuencia de la propia obra. Cuando ya estábamos terminando de ensayar, me di cuenta de que ese tipo de escenografía tan plástica no iba con la obra y que, por lo tanto, debía ser aséptica.

Destaca también la sobriedad de sus decorados. ¿Por qué habéis apostado por este tipo de escenografía?

La idea es que el actor sea lo más importante del espacio escénico, por lo que solo hemos añadido aquellos elementos que son imprescindibles para contar la historia. Al principio también utilizábamos algunos audiovisuales, pero nos dimos cuenta de que no ayudaba a que lo más importante, que era el juego de los intérpretes, estuviera en primer plano. En resumen, se ha tratado de mantenernos siempre dentro de la esencia de la historia.

¿Serían estos decorados un reflejo de la idiosincrasia de los personajes?

Sí, aunque sobre todo es una proyección del mundo en el que están inmersos: mundos cada vez más impersonales. Da igual si estás en Madrid, Nueva Delhi o Nueva York, todo tiene la misma estética; incluso en el vestuario.

Si tuvieras que dar una única razón para ir a ver Famélica, ¿cuál sería?

Poder reflexionar si nuestras necesidades de realización nos han dado espacio en nuestras vidas y poder contrastarlo con lo que cuenta nuestra historia. Ojalá que también pueda generar un cambio en la vida profesional de quien venga a verla.