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POSTERVIOLIN2

 

Tras un año de intenso trabajo en la musicalización de El violín negro, novela de la autora Sandra Andrés Belenguer a su vez inspirada en la leyenda de El fantasma de la ópera, parece que el rumbo de esta adaptación está a punto de cambiar; quizás a una versión de dimensiones mucho mayores de las del concierto para el que fue concebida originalmente. En este nuevo artículo para Primera Fila, Guillermo Názara Reverter nos habla del proceso de creación de esta obra, mucho más complejo de lo que el público puede imaginar.

Cuesta creer que ya haya pasado un año desde que empecé a impregnar de música las páginas de aquella misteriosa novela, cuya sorprendente trama e intrigantes personajes habían logrado cautivarme desde hacía ya bastante tiempo. Para ser sincero, al principio estaba convencido de que lo que estaba escribiendo se quedaría únicamente en una simple anécdota; una pequeña diversión artística de apenas un par de minutos, en la que sustituiría acción y diálogos por ritmos y notas. Tan solo hicieron falta unos cuantos compases para darme cuenta de que reducir aquella obra a un mero pasatiempo era algo imposible.

Pronto comprendí que lo que se estaba gestando en aquella pieza pedía a gritos que lo desarrollaran. Durante dos semanas de intenso trabajo, hojas y hojas de papel pautado se llenaron de experimentales acordes, numerosas anotaciones -ilegibles a veces incluso para el propio autor- y una interminable pila de correcciones que no abandonaban mi cabeza ni en aquellos momentos en los que decidía reposar mi pluma. No obstante, a pesar de que la obra en la que me había inspirado estaba cargada de romanticismo, lo cierto es que aquella música estaba adquiriendo un carácter recóndito y sombrío, propio de aquel extraño personaje de enigmático pasado.

Me di cuenta de que esa pieza ya no podría titularse El violín negro, pues este no era el que habitaba entre aquellos pentagramas. Lo que ahí crecía era algo –o más bien, alguien- mucho más complejo; su nombre era Kyriel. Ese descubrimiento hizo que me percatara de que las dimensiones de lo que estaba adaptando eran infinitamente mayores a lo que inicialmente me había imaginado. El violín negro no se contentaba con ser una pieza más dentro de un repertorio, sino que quería contar con el suyo propio; había nacido la idea de convertir la novela en un concierto.

Apenas había pasado una semana tras concluir el primer movimiento cuando empecé a bocetar los temas con los que dar vida a la protagonista, aquella sensible y talentosa muchacha dedicada en cuerpo y alma a la música llamada Christelle. Si bien otorgar a Kyriel personalidad musical había sido un proceso bastante ágil y fluido, encontrar las notas que  caracterizasen a esta joven violinista supuso un camino áspero y doloroso.

Durante días, deseché decenas de motivos que, aunque al principio me resultaban sugerentes, una vez los transcribía al papel me parecían toscos y completamente opuestos a lo que estaba buscando. Tras varias tardes improductivas ante el piano, en las que más de una vez me vi al borde de la desesperación, logré dar con una melodía totalmente diferente a las que –por decirlo de alguna forma- había compuesto durante aquella semana.  En cierto modo, se podría decir que esa pieza tenía su propia personalidad: era vigorosa, apasionada, ligeramente vehemente y, en ocasiones, un tanto melancólica; y lo mejor de todo, mis oídos no se indignaban cuando la escuchaban por segunda vez.

Rápidamente me puse a anotarla antes de que sus notas se esfumaran de mi memoria. Pasé varias horas dándole forma, probando distintas maneras de desarrollarla y enlazarla con otros temas futuros. En aquel momento me sentía extasiado, estaba embelesado con la fuerza y rabia que desprendían las frases de aquel motivo. De pronto, me di cuenta. ¿Fuerza y rabia? ¿Qué tenía que ver eso con Christelle? Precisamente ella era todo lo contrario a lo que sugería esa secuencia enérgica y poderosa. Era duro reconocerlo, pero había tomado un rumbo equivocado. Había llegado el momento de abandonarla y ponerme de nuevo a indagar. No importaba el tiempo que le hubiera dedicado; lamentablemente, tenía que volver a empezar.