Después de haber obtenido cierto reconocimiento en Francia, Alain Boublil y Claude-Michel Schonberg estaban convencidos de que su travesía había tocado puerto. Sin embargo, todavía quedaba un largo sendero por recorrer. Como el pasado lunes, el compositor y director de orquesta Guillermo Názara Reverter nos cuenta todos los entresijos de la creación del fenómeno teatral más duradero del mundo. 

Cameron no esperaba nada especial aquella mañana, y menos un envío capaz de cambiar su trayectoria profesional para siempre. Tras haber logrado discretos éxitos en el panorama londinense, el joven británico se había embarcado en la aventura más arriesgada de toda su carrera. Ignorando las advertencias de los demás productores del West End, Cameron había aceptado dar vida al que seguramente era el musical más absurdo de la Historia. Basura como decorado, música dodecafónica y ecléctica y unos gatos humanizados como protagonistas. No cabe duda de cuánta razón tenían los empresarios londinenses al haber rechazado el proyecto e incluso haberse atrevido a reírse de él…

Pero ya habían pasado tres años desde aquel estreno y, a pesar de los espectaculares resultados en taquilla que continuaba teniendo tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, el productor empezaba a impacientarse por conseguir una nueva obra. Aquel día no prometía diferenciarse mucho de los anteriores; Cameron  había comenzado a pensar que quizás ese era el único éxito que iba a tener en toda su carrera. Fue entonces cuando, de repente, la puerta de su despacho se abrió de par en par. Tras ella, uno de sus secretarios, luciendo una amplia e incomprensible sonrisa, se apresuró a entrar. Cameron no tenía idea alguna sobre qué podía haberlo puesto tan contento. ¿Le habrían ofrecido un trabajo mejor? ¿No solo no daba encontrado un nuevo tema que producir sino que ahora también iba a perder a uno de sus empleados? De pronto, el empresario se fijó en las manos del secretario; llevaba un estuche de plástico, similar al de un disco.

<<¿Qué eso que…?>>, a Cameron no le dio tiempo a terminar su pregunta. <<¡Tienes que escucharlo!>>, dijo su ayudante, emocionado. <<¿Qué es?>>, reiteró el productor. <<Es un musical titulado Les Misérables; se estrenó en Francia hace poco y la grabación ha sido un éxito de ventas>>. <<¡¿Un musical francés?!>>, exclamó Cameron, extrañado, <<eso es un contradicción en sí misma>>. <<Lo dice el hombre que teatralizó los gatos de T. S. Elliot>>, le respondió su secretario, en un tono casi burlón, mientras abandonaba el despacho. Cameron se quedó pensativo durante unos minutos; lo que su ayudante le había dicho era cierto, los poemas del célebre escritor británico eran lo último que cualquier compositor, menos Lloyd Webber, habría utilizado como tema para un musical. ¿Podría ser que los pobres de Víctor Hugo fueran la respuesta que desde hace tanto tiempo llevaba buscando?

A la mañana siguiente, Cameron cogió el disco que su secretario le había dado, lo colocó en el reproductor de su salón y se sentó en el sofá a escuchar. A las 11:03 AM, después de haber escuchado la cuarta pista, las lágrimas comenzaron a invadir su rostro. No era solo la capacidad emotiva de la música lo que le había fascinado, sino la facilidad con la que recreaba imágenes en su mente. Sin entender una sola palabra de francés, podía imaginarse a los trabajadores saliendo de la fábrica de M. Madeleine tras terminar su agotadora e interminable jornada; casi podía sentir el dolor de los humildes habitantes de Montreil-sur-Mer; pero, sobre todo, lo que con más claridad veía, casi como si la tuviera delante de él, era a esa joven y hermosa mujer, castigada por el destino, cuyo nombre era Fantine.

Cameron no esperó ni un segundo en levantar el teléfono y llamar a su secretario. <<Ponme en contacto con los autores de esta obra. Creo que acabo de encontrar mi siguiente proyecto>>. Pero de lo que no era consciente es que todavía quedaba mucho camino por andar.

Claude-Michel Schönberg y Alain Boublil estaban desesperados intentando exportar su musical. Habían mandado la obra a casi cualquier productor tanto inglés como norteamericano, pero casi no habían recibido respuestas, y los que contestaban, eran tan solo para comunicarles su negativa. Sus esperanzas habían comenzado a mermarse desde hacía meses. Nadie parecía estar interesado en su obra. Quizás el sueño de escribir teatro musical había acabado por completo. Sin embargo, pronto descubrieron que su angustia había sido completamente en vano. Cameron Mackintosh, la gran promesa de la producción teatral, acababa de ofrecerles la oportunidad de estrenar su creación como arranque de la nueva temporada del Barbican Theatre, el auditorio de la prestigiosa Royal Shakespeare Company. Tan solo faltaba los toques finales…un director, un elenco y 400 piezas de vestuario.

Los autores eran conscientes de que el tiempo corría en su contra; de hecho, cualquiera en su situación se habría dado cuenta de que era prácticamente imposible tener todo a punto para el día del estreno. Los directores que Cameron había contactado, Trevor Nunn y John Caird, tenían que estudiarse a fondo la pieza y comenzar a trabajar con los actores; no solo había que construir los decorados, sino terminar de diseñarlos; y por si esto fuera poco, Claude-Michel y Alain tenía que reformar el musical por completo, remodelar las canciones existentes, componer otras nuevas y, en definitiva, alargar la obra una hora más de lo que duraba la versión original. Solo había mes y medio para llevar tan ardua tarea a cabo; era de locos pensar que aquello iba a salir bien. Y todavía faltaba por solucionar un grave problema; a pesar de que Alain sabía hablar inglés, no se sentía capaz de llevar a cabo la adaptación al idioma británico. El equipo necesitaba alguien rápido e imaginativo con urgencia; en caso contrario, el musical jamás vería la luz.

Herbert Kretzmer había conseguido cierto reconocimiento en el mundo del espectáculo no solo por su trabajo en televisión, sino también por haber escrito las letras de algunas de las canciones pop más escuchadas de los 80. De fuerte temperamento y mirada profunda, aquel áspero genio era sin duda, para Cameron, el único capaz de salvar a los necesitados personajes del llamado “escritor de los pobres”. Pero su labor requeriría verdaderas jornadas de sol a sol para poder lograr el lejano objetivo al que todo el equipo aspiraba. Estaba claro que no iba a ser un camino de rosas…

Herbert, Alain y Claude-Michel trabajaron como esclavos durante días solo para tener el primer acto listo para cuando los ensayos comenzaran. Sin embargo, todavía había que componer nuevas canciones para las primeras escenas de la obra, y el segundo acto solo existía a modo de anotaciones; ni siquiera había un solo número o secuencia completos en papel. Además, aún no había solucionado el problema de una de las melodías principales del musical. Tanto Herbert como los directores estaban de acuerdo de que la traducción directa de esa canción al inglés era simplemente…espantosa. <<La Misere suena muy bien en francés, Alain, pero no podemos presentar una obra en la que una de sus canciones se titule Poverty. No va con la línea melódica; no es musical. Hay que cambiarla por completo>>, aseguró John Caird. ¿Pero de qué otra cosa iba a cantar Fantine sino de su fatídica e injusta vida? No hay otro tema que ella represente en la historia. John no tardó en ofrecer una solución: <<Dádsela a otro personaje. Eponine, por ejemplo, no tiene una canción propia; escribid sobre ella, sobre sus sentimientos hacia Marius. Creo que podría funcionar>>. No hay duda de que su instinto no falló.

Pero todavía faltaba una pieza por añadir a aquel complejo rompecabezas musical. Sin embargo, Claude-Michel necesitó tan solo unas horas para dar con ella. Tras haber presenciado varios de los ensayos, el compositor estaba totalmente seducido por la portentosa voz de la estrella del show. Jamás había oído a un cantante que tuviera un registro tan sumamente amplio. El músico comprendió que era su deber explotar  al máximo las capacidades de aquel talento sobresaliente, y solamente una canción creada específicamente para él podría hacerlo. Poco después, aquella pequeña oración por el bienestar del gran amor de Cosette se convertiría en uno de los momentos más queridos y esperados de todo el espectáculo.

El 28 de septiembre de 1985, después de días y días de extenuante esfuerzo y cooperación, Los Miserables dio sus primeros pasos bajo el foco londinense. Más de mil espectadores fueron testigos de la apasionante vida de aquel hombre humilde y sencillo que, preso de la desesperación, había robado una barra de pan para evitar que una de las hijas de su hermana se muriera de hambre. Una vez sonaron los acordes triunfales que cierran la obra, el auditorio empezó a retumbar con los incesantes aplausos y “bravos” del público. Lo habían logrado; la audiencia no solo había dado una buena acogida al musical, sino que se había enamorado de él. Claude-Michel y Alain no podían creerlo; su sueño, que durante años habían creído imposible, acababa de hacerse realidad.

Sin embargo, su alegría no tardó mucho en desvanecerse. Al día siguiente, todos los miembros del equipo fueron corriendo al quiosco para leer las críticas de lo que creían que iba a ser el último grito del West End. Pero los críticos habían dilapidado esas esperanzas. Los creativos no podían creer lo que veían. En un mar de satíricos e incluso ofensivos comentarios donde <<banal>> era la palabra más benevolente, no cabía duda de que la obra no había encandilado en absoluto a los periodistas británicos.  ¿Era posible que hubieran derrochado tanto sudor en algo que estaba condenado al fracaso.

Cameron se enfrentaba a un importante dilema: acabar con la obra para siempre o transferirla al Palace Theatre para ver si el resultado cambiaba. No era una decisión fácil de tomar; todas las esperanzas estaban puestas en él pero, a su vez, había mucho dinero en juego. Sin embargo, en el fondo Cameron era consciente de que, hiciera lo que hiciera, la pieza no iba a funcionar; quizás la prensa tenía razón, los musicales eran obras destinadas a alegrar al público con sus divertidas historias y canciones pegadizas, en lugar de deprimirlos con casi tres horas de angustia, injusticia y resentimiento. Ya se estaba decidido, había llegado el momento de llamar al teatro y terminar con la pieza de una vez por todas.

Pero durante media hora, Cameron fue incapaz de ponerse en contacto con el Barbican. Por mucho que insistiera, lo único que oía al otro lado del aparato era una irritante voz que le informaba una y otra vez de que todas sus líneas estaban ocupadas. ¿Qué clase de teatro era el Barbican que ni siquiera atendía al productor de la obra que estaban representando? Cameron comenzaba a impacientarse; entre el dolor ocasionado por las críticas y la interminable espera al teléfono, el empresario se había convertido en una bomba de furia y nervios que se detonaría en cualquier momento.

Por fin, algo distinto a una grabación sonó en el auricular. <<¿Qué demonios ocurre? ¿Por qué me habéis tenido aguardando tanto tiempo?>>, vociferó Cameron. <<Le pedimos disculpas señor, las líneas han estado totalmente colapsadas>>, le contestaron. <<Pero, ¿por qué? ¿Qué ha ocurrido?>>, preguntó Cameron, extrañado. <<No tenemos explicación para ello, señor, pero en una hora hemos vendido 5 000 entradas para el musical. ¿Señor?… ¿Señor?>>. Pero Cameron no contestó; no podía creerse lo que le habían dicho. Se dio cuenta de que acababa de encontrar la verdadera solución a su dilema, y pintaba muy bien.

Después de casi 30 años, Los Miserables continúa siendo uno de los espectáculos de mayor éxito de la Historia. Convertido en el musical más duradero del mundo desde el 2006, este fenómeno teatral ha sido representado en cientos de ciudades en los cinco continentes, aunando un total de más de 60 millones de espectadores. Las carreras de todos los que colaboraron en la producción original se catapultaron a la fama, especialmente las de Alain y Claude-Michel, que vieron las puertas de Broadway y West End abiertas  para estrenar sus próximas creaciones. Ganador de 8 Tony Awards, entre ellos el de mejor dirección, pieza y partitura, la musicalización de la pentalogía de Víctor Hugo se ha transformado incluso en una insignia de Nueva York, contando con una placa conmemorativa en la calle donde la obra vio la luz de la Gran Manzana por primera vez. Revivals, un incontable merchandising y hasta una película; lo que comenzó siendo una pequeña adaptación casi por diversión se ha tornado en un incuestionable triunfo sin precedentes. Hace veintinueve años más de un crítico aseguró que aquel show oscuro que no daba más que dolor de cabeza no duraría ni un año; después de tanto tiempo reinando en la Avenida Shafetsbury, ¿cuántos negarán haber menospreciado una indiscutible obra maestra?