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Después de casi 30 años, Los Miserables continúa siendo uno de los musicales más populares a nivel internacional. Sin embargo, su espectacular triunfo no estuvo precedido por un trayecto fácil y libre de contratiempos. El compositor y director de orquesta Guillermo Názara Reverter nos revela, en dos entregas, toda la verdad sobre la creación del musical más duradero del mundo. 

Al día siguiente, una terrible noticia acabó con la euforia que había invadido a los artistas la noche anterior. Todo había salido perfecto durante la velada; ni una sola reclamación, ni siquiera un comentario negativo; únicamente aplausos, bravos y silbidos de admiración. Claude-Michel y Alain habían logrado, tras más de 5 años de intenso e interminable trabajo, el reconocimiento al que siempre habían aspirado. Era un auténtico cuento de hadas, un sueño del que esperaban no despertar nunca. Y, sin embargo, aquella mañana gris de septiembre trajo consigo lo que, después de semejante triunfo, jamás habrían esperado. Los críticos londinenses habían detestado su <<oscura y banal>> obra y tenían claro que apenas duraría en el West End. Resultaba muy duro aceptarlo, y más después de tanto esfuerzo y empeño, pero los creadores eran conscientes de que lo más probable era que su adaptación de la novela de Victor Hugo cerrara en menos de una semana y se quedara para siempre olvidada en algún cajón…

Cameron Mackintosh, el productor, organizó una comida con el resto del equipo creativo. Solía hacerlo el día siguiente al estreno de la obra para celebrar su éxito, pero aquella tarde no había nada que festejar. El director, la diseñadora, el escenógrafo, los letristas, el compositor…Todos ellos compartían el mismo semblante de lástima y preocupación. No sabían por qué, pero la crítica no había visto con buenos ojos lo que habían presenciado en el escenario. Estaban convencidos de que, sin su apoyo, no había nada que hacer. Apenas probaron bocado, ¿quién tenía ganas de comer ante semejante desilusión? Alain no podía dejar de lamentarse. Las cosas habían ido tan bien en Francia, ¿por qué no podían ir igual en Inglaterra? Cabizbajo, con los ojos llorosos y la mirada perdida, recordó aquella noche que pensó que cambiaría su vida, una noche en la que creyó tener la mejor idea que jamás se le había ocurrido. Todo empezó en Nueva York hace más de 40 años…

Alain Boublil, un joven productor musical, estaba en la ruidosa y deslumbrante Times Square, dirigiéndose a uno de sus innumerables teatros para ver un espectáculo al que le habían invitado. No estaba muy ilusionado, sin embargo; Jesucristo Superstar, con ese título, no podía ser sino el típico vaudeville a la americana. Dudaba que le fuera a gustar…

Tras acabar el primer número, comprendió cuán equivocado estaba. La obra era inteligente, atrevida, contaba con una poderosa y brillante partitura, unos actores memorables y un ingenioso libreto. Era completamente opuesto a lo que estaba acostumbrado a ver, pero sin duda era el tipo de espectáculo por el que pagaría una y otra vez, y por el que le gustaría que le pagaran a él algún día. ¿Pero sobre qué tema podría escribir? ¿Estaba el público francés preparado para consumir aquel nuevo formato conocido como teatro musical?  ¿Y de dónde iba a sacar la partitura? Había muchos cabos por atar, pero el productor tenía claro que no descansaría hasta hacer su idea realidad.

Claude-Michel Schönberg era un joven escritor de canciones pop. De pelo largo y alborotado y barba espesa, se había hecho muy popular en Francia con su último tema Le Premier Pas, una balada romántica y fantasiosa sobre un amor joven. Sin embargo, su meta profesional no se encontraba en la lista de los top ten, sino en los auditorios y teatros de ópera, un estilo para el que todavía no había tenido la oportunidad de componer. Alain Boublil, consciente de ello, no dudó en contactar con el músico para hablarle del proyecto. No había pasado ni medio minuto cuando Claude-Michel ya había aceptado.

Después de un año de trabajo, su primera obra, La Révolution Française, cobró vida ante los ojos de miles de espectadores. La acogida había sido espectacular. En cuestión de días, los nombres de los autores eran tema de conversación para cualquier francés asiduo al teatro. No había duda de que Alain había acertado por completo a la hora de musicalizar uno de los episodios históricos más célebres de la tierra gala. Pero su ambición no iba disiparse tras un único éxito. El productor, ahora también letrista, sabía que había llegado el momento de embarcarse en un nuevo proyecto. Pero no iba a ser tarea fácil, esta nueva obra tenía que superar a su predecesora; mejor música, mejores letras, mejor libreto…Todo debía llevarse al siguiente nivel. Solo había un pequeña problema, el escritor todavía no tenía un tema sobre el que trabajar.

Convertido en un auténtico adicto al teatro musical, Alain viajó a Londres para empaparse del género que tanto le llevaba fascinando desde aquella pequeña visita a la Gran Manzana. Entre una interminable oferta, aunque insignificante comparada con la actual, Alain se decantó por la adaptación de una de las obras más famosas de Charles Dickens. Oliver!, uno de los grandes clásicos de la escena londinense, acababa de estrenarse de nuevo, esta vez bajo las órdenes de un nuevo director. La crítica había recibido con los brazos abiertos esta nueva producción y el público de la capital británica estaba entusiasmado al poder revivir aquella historia con la que muchos de ellos habían crecido.

Sin embargo, en cuanto el telón se abrió, la mente de Alain se abstrajo prácticamente por completo. Su atención ya no estaba centrada en las aventuras del pequeño huérfano, ni siquiera en la partitura; otro personaje lo había destronado. Y es que cuando el resto de los espectadores veían a un pequeño ladronzuelo de 10 años que robaba para comer, él veía a un adolescente pecoso, rubio y larguirucho, de ropa ajada y enmendada, que luchaba, junto a sus amigos universitarios del Café del ABC, por las libertades y derechos del pueblo francés. De repente, sin comerlo ni beberlo, Alain había encontrado el tema sobre el que escribir.

Hizo falta un año entero para que Alain y Claude-Michel completaran el esquema de escenas de su próximo musical. Un total de 1200 páginas reducidas a una adaptación de poco más de dos horas; realmente no había sido una tarea fácil de completar. Sin embargo, los dos autores eran conscientes de que todo aquel esfuerzo podía haber sido en vano. Víctor Hugo, quizás dolido por su sentimiento de traición hacia Verdi, había hecho constar en su testamento que no quería ninguna musicalización de sus novelas sobre pobres. En un país donde cada esquina hace homenaje a una de las figuras literarias y políticas más relevantes del siglo XIX, incumplir el deseo del escritor podía ser interpretado como sacrilegio. Nadie iría a verla…

La obra se estrenó en 1980 en el Palais de Sports de París, un lugar poco habitual para un musical, al tratarse de un estadio, pero era el único edificio de la ciudad que reunía las características necesarias para representar la pieza. El miedo que invadía a los autores resultó haber sido en vano. A pesar de haber incumplido la petición de Víctor Hugo, el público estaba encantado. La obra comprendía a la perfección todos los temas tratados en la novela y había profundizado en ellos por medio de una inolvidable y poderosa partitura y unas letras ingeniosas y trascendentes. En pocas semanas, miles de espectadores habían aplaudido la adaptación. El éxito fue tal, que hasta se editó un disco con las canciones principales. Las copias volaron de las tiendas en cuestión de días; la palabra <<AGOTADO>> se convirtió en un tópico en los establecimientos. Los autores no podían estar más contentos; en ningún momento habían llegado a imaginar que la acogida abarcaría tales dimensiones. Sin embargo, lo más inesperado aún estaba por llegar, ya que ellos no tenían ni idea de en qué manos caería una de esas copias en unas pocas semanas…

Este miércoles, el desenlace.