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Después de 25 años en el West End, La Mujer de Negro continúa siendo una de las obras de teatro de mayor éxito no solo en Londres, sino mundialmente. El compositor y director de orquesta Guillermo Názara Reverter nos revela todos los secretos de la creación de la pieza más memorable de Stephen Mallatratt.

Una gélida gota de sudor resbalaba lentamente por el rostro del señor Kipps. Sus pulsaciones se aceleraban precipitadamente, como si su corazón estuviera a pocos segundos de estallar. Había sido testigo de hechos curiosos a largo de su vida, incluso extraños, pero no estaba en absoluto preparado para lo que estaba presenciando en ese momento. Aquella mansión solitaria y decadente, alejada del resto del pueblo…Por muy tenebroso que pareciera, el agente de seguros no esperaba ni por asomo toparse con aquella inquietante realidad; una realidad que, por otro lado, le costaba aceptar. Solo él y Spider, la perra, habían entrado. Era de noche y la marea había subido del todo; la mansión estaba completamente incomunicada. Y sin embargo, en aquel cuarto del primer piso, cuya puerta Kipps no había podido abrir, el agente de seguros habría jurado oír un incesante golpeteo, como si alguien estuviera llamando desde dentro… Kipps no quería creerlo, pero no podía evitar pensar en lo que los peculiares lugareños de aquella villa del norte de Inglaterra le habían advertido. Se trataba del espíritu de aquella mujer que hace tiempo habitó esa casa, la que muchos conocían como la Mujer de Negro

Cada noche, el público londinense se estremece al ver la escalofriante anécdota de Arthur Kipps cobrar vida en el escenario. Diez personajes diferentes interpretados por tan solo dos actores, un sombrío espectro que pulula alrededor del auditorio y una historia inquietante, llena de sobresaltos. Tres pilares fundamentales sobre los que se fraguan los 25 años consecutivos en los que La Mujer de Negro lleva embrujando a la audiencia inglesa . No hace falta recurrir a decorados extravagantes ni a ostentosos efectos especiales; tan solo un baúl, un telón de fondo, una mesa y un asiento son necesarios para recrear la obra de teatro más terrorífica del West End.

Pero la clave de su éxito no se encuentra dentro de los límites del proscenio, sino en el patio de butacas, donde cada espectador se hace partícipe de la obra. Cada paisaje, cada habitación, cada aparición…Todo ello es producto de la imaginación de un público atrapado en el universo de la historia, que vive cada momento con la misma angustia y tensión que el propio Arthur Kipps, aterrorizado por la presencia de aquel ente vengativo y sobrenatural. Cuesta creer que una pieza teatral de tanta trascendencia estuviera a punto de no hacerse realidad, y aún más que surgiera como un número de relleno para un espectáculo de variedades. Todo se remonta a 1987…

Pero la clave de su éxito no se encuentra dentro de los límites del proscenio, sino en el patio de butacas, donde cada espectador se hace partícipe de la obra. Cada paisaje, cada habitación, cada aparición…Todo ello es producto de la imaginación de un público atrapado en el universo de la historia, que vive cada momento con la misma angustia y tensión que el propio Arthur Kipps, aterrorizado por la presencia de aquel ente vengativo y sobrenatural. Cuesta creer que una pieza teatral de tanta trascendencia estuviera a punto de no hacerse realidad, y aún más que surgiera como un número de relleno para un espectáculo de variedades. Todo se remonta a 1987

Susan Hill había cosechado un gran éxito con su novela en cuestión de unos meses. Ejemplares y ejemplares estaban siendo devorados por miles de lectores, cautivados por la siniestra aventura que cambió la vida del protagonista, al igual que de su autora; un año después de publicar la novela, el hijo de Hill, al igual que el de la Mujer de Negro, con tan solo 33 días, falleció. Susan se sintió devastada, pero nunca relacionó la tragedia con la historia de su libro. Y es que el auténtico hito de su relato todavía estaba por llegar.

Stephen Mallatratt había recibido un arduo encargo por parte del director de teatro Robert Herdford. Su espectáculo de variedades para la temporada de Navidad necesitaba un número extra; sin embargo, la mayor parte del presupuesto se la habían llevado las otras piezas, por lo que el dramaturgo tendría que ajustarse a una serie de límites. En primer lugar, su obra no podría requerir más de cuatro actores; y en segundo, debía tratarse de un formato que prescindiera de decorados casi por completo. ¿Pero de dónde iba a sacar una historia que cumpliera esos patrones en menos de dos meses? Necesitaba algo que pudiera adaptar rápido y que se prestara a esa puesta en escena; si no, la obra se vería forzada o tendría una apariencia muy pobre para el público.

Su preocupación se disipó en poco tiempo, aunque la solución había llegado del modo más casual. Durante sus vacaciones en Grecia, Mallatratt decidió comprarse la novela de Susan Hill para entretenerse mientras estaba en la playa. Sin embargo, aquel parche contra el aburrimiento pronto se convirtió en una salvación. A pesar de estar achicharrándose bajo el sol, Mallatratt sentía el frío y la humedad del clima gris y monótono de aquel pueblo perdido; los comentarios jocosos que oía a su alrededor no lo evadían de la constante angustia que el protagonista sentía al explorar aquella mansión vacía y ruidosa; y el desasosiego y la tranquilidad que imperaban en el lugar no lograban paliar el miedo y la tensión que poco a poco se apoderaban del dramaturgo conforme este se sumergía entre sus páginas. La novela era sencillamente brillante…No sería difícil adaptarla para teatro, casi se prestaba ella misma para ello; lo complicado sería obtener el permiso del autor.

Susan Hill no pudo evitar carcajearse en cuanto Mallatratt le comentó su idea. Una obra sin decorados y con un elenco que se podía contar con los dedos de una mano. ¿Quién iba a tomarse algo así en serio? El público no se estremecería, se reiría o, en el mejor de los casos, simplemente se aburriría. Pero la sencilla puesta en escena no era un deseo, sino una necesidad. Quizás el público no lo recibiría con los brazos abiertos, pero ese era un riesgo que Mallatratt no solo estaba dispuesto, sino obligado a correr.

Aquella noche de 1987, la obra cobró vida ante los ojos de unos pocos espectadores en aquel modesto auditorio de Scaborough. En dos horas y media, lo que en su origen fue un pequeño experimento creado con la única intención de rellenar un hueco entre función y función se convirtió en el auténtico rey de la noche. El público se había quedado fascinado con la inquietante leyenda de la Mujer de Negro pero, todavía más, con la forma en la que se la habían contado. Stephen Mallatratt acababa de recordar a la audiencia la verdadera esencia del teatro; todo puede aparecer en un escenario, el único requerimiento es que el público utilice su imaginación; el verdadero límite corresponde a la capacidad ensoñadora del espectador.

Veinticinco años después, el Fortune Theatre de Londres continúa siendo el hogar de la enigmática Mujer de Negro, desde su transferencia a la capital pocos meses después de su estreno mundial. Éxito tanto de audiencia como de crítica, la obra es tan popular entre los ingleses que hasta partes del guión se han convertido en motivo de examen en las pruebas de acceso a la Universidad. Miles de actores alrededor del mundo se han visto seducidos por la maestría del texto, capaz de aterrorizar y cautivar al espectador recurriendo solamente a la sugestión. Para algunos ha sido la obra más importante de toda su carrera, la que realmente los ha forjado como intérpretes; y para otros, como Emilio Gutiérrez Caba, esta obra representa mucho más, pues la Mujer de Negro es, a su vez, la mujer de su vida.