Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , ,

 Tras dos años de intenso trabajo, el proyecto teatral más ambicioso de Stephen Schwartz y de Universal Studios pendía de un hilo. El compositor y director de orquesta Guillermo Názara Reverter nos revela los entresijos de la evolución de Wicked; de comentario de pasada en un viaje en Hawái al gran éxito de Broadway. ALERTA SPOILER: Este artículo revela partes significativas del argumento. Si no has visto el musical y tienes intención de sacarte una entrada, no leas los últimos párrafos.  

Una carta yacía sobre el escritorio de Marc Platt. El reconocido productor de Universal Studios estaba a punto de recibir uno de los peores mensajes que se le pueden hacer llegar a un profesional del espectáculo…¡El compositor del musical se negaba a continuar con la obra! La nota lo reflejaba claramente; Stephen Schwartz estaba muy descontento con el rumbo que la pieza había tomado desde aquel taller organizado en Los Ángeles. El músico estaba convencido de que ese camino tan solo llevaría al producto al más estrepitoso fracaso; tras repetidas desilusiones a lo largo de su carrera, una más era demasiado y no estaba dispuesto a soportarla.

Había sido tolerante, sin embargo; dejaría que los productores usaran su música, pero no compondría los nuevos números ni tampoco permitiría que su nombre figurara en los créditos. ¿Un musical anónimo? Los críticos de Broadway ya podían afilar su lápices y armarse de papel; no haría falta un doctorado para deducir que la obra estaba atravesando uno de sus peores momentos, del que quizás no podría recuperarse…

Platt no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando leyó la nota de Schwartz. Tras un par de años trabajando con el compositor, el cineasta lo conocía casi como a un hijo. <<Al día siguiente llamará pidiendo volver al proyecto>>, pensó Platt. No se equivocó.

Pero a pesar de que Schwartz hubiera recapacitado, los problemas de Wicked no dejaban de aumentar. Todavía quedaban varios cabos sueltos en el guión. Los personajes no eran lo suficientemente profundos y tanto el compositor como la libretista no tenían ni idea de cómo mejorarlos. Para explorarlos, tenían que sumergirse en la historia y estar cara a cara con sus protagonistas. Solo había una forma de llevarlo a cabo; había que organizar una producción.

¿Pero dónde podrían descubrir qué era lo que fallaba? Era necesario una ciudad con gran tradición teatral, un público consumidor de musicales y lo bastante alejado de la implacable pluma de los columnistas de la Gran Manzana. Los productores no tardaron en encontrar el hogar idóneo para su nuevo proyecto. San Francisco era, sin lugar a dudas, la primera parada para Wicked.

Aquella primera noche los nervios se contagiaban entre todos los miembros de la producción. Desde las dos actrices principales hasta el último tramoyista, ninguno ignoraba el riesgo y la importancia de lo que se jugaban en tan solo tres horas y media. El público de San Francisco no era tan exigente como el de Nueva York, eso estaba claro, pero no sería benevolente si la obra no gustaba. La emoción cundió a los pocos minutos, cuando el auditorio se llenó por completo.

Entre susurros y suspiros de asombro, los espectadores contemplaban boquiabiertos la imponente escenografía. A ambos lados de la sala, dos balcones, rodeados de raíces y enredaderas, lámparas antiguas y un sinfín de poleas y cuerdas, constituían el proscenio. Más allá del telón, tres enormes engranajes invadían el foso de orquesta, formando la parte frontal de un escenario que más tarde abordarían los actores entre bailes, canciones y diálogos. Un descomunal mapa de Oz ocultaba el decorado del primer acto; y más arriba, mirando al público, un gigantesco dragón metálico custodiaba la boca del escenario. No habían sonado todavía las primeras notas de la Obertura cuando un estruendoso aplauso llenó el auditorio.

Al público le encantaba la obra, no había duda sobre ello, pero Wicked todavía no había madurado tanto como para implantarse en Broadway. Una de las causas era la duración. A pesar de que la pieza contaba de forma rigurosa el origen de la Malvada Bruja del Oeste, el ritmo era muy lento y había escenas condenadas a desaparecer. Cuando te pasas horas escribiendo música, letras y diálogos es muy doloroso desprenderse de ellos; tanto trabajo y cariño en vano…Pero el musical lo necesitaba para progresar. Así, secuencias como la del entierro del Dr. Dillamond  fueron eliminadas, y otras, como la del despacho del profesor, nunca llegaron a representarse.

Pero Schwartz no estaba dispuesto a guardar en el cajón su escena favorita. Tras el épico final, en el que se Elphaba y Fiyero abandonan Oz para poder sobrevivir, el compositor había creado un epílogo, en el que la protagonista aparecía salvando a los animales más allá de las fronteras del país. Sin esa escena, el público no podría entender su bondad y la incomprensión que tuvo que soportar durante toda su vida. Pero con ella, la heroicidad y rotundidad del último número se disiparían. Joe Mantello no tuvo inconveniente en dejarle las cosas claras: <<Soy el director y tienes que confiar en que soy bueno en lo que hago. Hazme caso y elimina esa última parte>>. El lado filosófico de Schwartz le suplicaba que no lo hiciera; su lado musical, le imploraba que sí. Al final, el show bussiness se impuso.

 

Después de varios encontronazos, discusiones y sustituciones en el reparto, la parada final de Wicked había llegado. Universal acababa de alquilar el Teatro Gerswhin, el más grande de Broadway, para estrenar su reinterpretación de El Mago de Oz. La première ya se había anunciado; el día anterior a Halloween, la Malvada Bruja del Oeste tendría la oportunidad de contar su versión de los hechos ante más de 1 300 espectadores. Todos se jugaban mucho, pero sobre todo Schwartz; tras varias desilusiones como Children of Eden o The Baker’s Wife, este era su momento para mejorar su reputación en la atmósfera neoyorquina.

El musical se había reducido ya a 2 horas y 45 minutos, pero eso no significaba que los críticos o el público fueran a apreciarlo. Stephen Schwartz decidió no acudir al estreno, estaba demasiado histérico para soportarlo. Aquella noche, a las 8 pm, el dragón rugió por primera vez acompañado por los acordes titánicos de los instrumentos de viento. Tras ello, el telón se elevó…

Las dos protagonistas se despidieron, conscientes de que no se volverían a ver nunca más. El pueblo de Oz vitoreaba la pérdida de la malvada bruja; ya no serían víctimas de sus abusos. La orquesta acompañaba sus cantos, retumbando por todo el auditorio; sin embargo, la última nota de la partitura no llegó a oírse… El público rompió a aplaudir. Wicked acababa de convertirse en el musical del año. Ni Caroline or Change, La Pequeña Tienda de los Horrores, ni siquiera el popular Avenue Q cosecharían el mismo éxito que esta nueva obra de fantasía.

La ceremonia de los Tony de 2004 también trajo consigo una agradable sorpresa. A pesar de las no tan esperanzadas predicciones sobre Wicked, este consiguió 3 galardones, además de otros 12 premios en los años venideros. La crítica no daba crédito; aquella obra que muchos calificaron de mediocre y problemática estaba obteniendo un éxito sin precedentes, embolsándose más de un millón de dólares a la semana solo en Nueva York. Y ahora, tras diez años desde su estreno aquel 30 de octubre de 2003, continúa embrujando no solo la Gran Manzana, sino también la esfera londinense, alemana y mejicana. Los ciudadanos de Oz proclaman al comienzo del musical que ninguno de ellos llora la muerte de la Elphaba; no obstante, la temida bruja de tez verde se ha convertido en la nueva heroína de Broadway, protagonizando una obra que todo espectador quiere ver y en que todo actor quiere participar.