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Después de 27 años en Londres, El Fantasma de la Ópera continúa siendo el segundo musical más duradero del mundo y la pieza de entretenimiento de mayor éxito. Sin embargo, su aterrizaje en el teatro no fue un camino de rosas. El compositor y director de orquesta Guillermo Názara Reverter nos revela, como la semana pasada, las claves de la creación de la obra maestra de Andrew Lloyd Webber.

Capítulo II – Una epopeya teatral

La desesperación cundía entre músicos, productores y diseñadores, que tan solo veían un callejón sin salida. La tan difícil alcanzada fama y reputación de Andrew Lloyd Webber podía venirse abajo; los críticos ya habían afilado sus cuchillos y empezaban a dar sus primero arañazos en la prensa británica. Quizás después de tantas ideas descabelladas pero exitosas, el rey Midas de los musicales había sido derrocado. Había que encontrar una solución de inmediato.

De repente, Cameron Mackintosh recordó a un joven letrista que se había presentado a un concurso en el que el productor había sido jurado. No había ganado, pero Cameron se había quedado impresionado con el talento del escritor. Quizás este era la ayuda que llevaban meses pidiendo. Había que ponerlo a prueba.

Cameron le entregó tan solo un casete a Charles Hart. No le dio ni una sola indicación: género, tipo del cantante, clase de obra, etc. Un verdadero atraco a mano armada para los que parte de nuestra profesión consiste en combinar texto y música para contar historias. Hart tan solo tenía el apoyo de su imaginación para relatar el cuento que le sugería aquella cálida melodía cuyo autor desconocía. Tras horas exprimiéndose el cerebro, las imágenes se pintaron en su mente de forma casi involuntaria. Una mujer se despide del hombre al que ama; quizás no lo volverá a ver jamás, pero ella se conforma con que él le haga solo un pequeño favor: pensar en ella.

Webber y Mackintosh suspiraron de alivio tras leer los versos del imberbe escritor. No había duda, Charles Hart era la ayuda que llevaban esperando durante meses. No sorprende que Hart casi se desmayara cuando descubrió para quién había creado esas letras; su corazón se movía más rápido que los dedos del pianista más virtuoso, acababa de recibir un trabajo de ensueño, y sin duda el mejor de su vida. Curiosamente, Hart no pensaba que su crédito iba a ser el de letrista; pecando de humildad, estaba convencido de que su tarea consistiría en recortar y pegar lo que Stilgoe ya había creado. En otra palabras, una labor de recolocación.

Maria Björnson había triunfado en el mundo del ballet y de la ópera con sus ingeniosas escenografías, capaces de recrear verdaderos universos paralelos a partir del atrezzo más básico. Mackintosh sabía que era la mujer perfecta para convertir al Fantasma en una auténtica superproducción teatral. Solo había un problema, la popularmente conocida como genio loca, nunca había trabajado en musicales previamente.

Todavía quedaba una pieza en el rompecabezas; sin ella, la estructura se vendría abajo en cuestión de semanas. Alguien tenía que ocuparse de controlar y dirigir toda esa algarabía de creadores e intérpretes que se había ido consolidando en poco más de un año. Sweeny Todd, Evita, Cabaretson todos títulos que la gente reconoce aunque no se dedique a esta profesión. Todos ellos fueron producidos bajo la mano del director más legendario de la esfera teatral neoyorquina. Webber estaba ansioso por trabajar con Harold Prince en el Fantasma; pero debía ser realista, Prince rechazaba casi cualquier proyecto que le ofrecían. Sin embargo, la respuesta del emblemático artista fue contraria a sus expectativas. La única razón fue el argumento. El Fantasma era, según Price, el primer musical verdaderamente romántico desde South Pacific.

Durante meses, Prince llevó a cabo una impresionante investigación sobre todo el contexto que engloba a la trama. Incluso escaló el peligroso tejado de la Ópera de Garnier -no habilitado para que nadie se pasee por él-. Tras avanzar torpemente entre la montañosa cubierta del edificio, el director se subió a la estatua dorada del ángel que corona su majestuosa fachada. La vista de París era impresionante, al igual que su visión sobre el musical. Pero entonces llegaron las malas noticias…

Webber no estaba contento con cómo Harold estaba llevando el musical. No estaba desesperado, pero creía que todavía se le podía exprimir más jugo a la obra y que Prince no iba a ser capaz de conseguirlo. Fue entonces cuando pensó en volver a trabajar con quien había dirigido su gran fenómeno musical, el director de Cats Trevor Nunn. Andrew llamó a Mackintosh y le habló de su decisión. Cameron le sugirió que fueran los dos a Nueva York para darle la noticia a Harold en persona. A pesar de haber aceptado, el productor más joven del West End se encontró solo para despedir a una de las figuras más influyentes de la cartelera teatral.

Cuando llevas meses creando una nueva pieza, ni se te pasa por la cabeza la posibilidad de que te echen del proyecto. Harold debió experimentar unas sensaciones bastante intensas cuando le comunicaron que ya no seguiría trabajando en la obra que había capturado toda su atención desde que fue vagamente mencionada en una fiesta de premios. Sin embargo, le pidió a su secretaria que guardara el material que había elaborado durante esos meses. Estaba convencido de que, en un par de semanas, volverían a llamar a su puerta.

Es un espectáculo oscuro; la verdad es que da dolor de cabeza. La crítica londinense detestó Los Miserables; muchos pensaban que no duraría ni un mes en el West End a causa de su excesivo contenido dramático. Resulta curioso ahora que acaba de cumplir su 28º aniversario. De todas formas, Andrew Lloyd Webber no podía arriesgar una vez más y necesitaba a alguien que realmente entendiera la obra. Harold Prince fue contratado de nuevo. Solo quedaba un pequeño problema, ¿quién iba a interpretar al Fantasma?

El resto del reparto ya estaba elegido casi por completo. Sarah Brightman, la mujer de Lloyd Webber por aquellos años, interpretaría a Christine. Por su parte, el actor americano Steve Barton, haría a su encandilador amante, Raoul. Pero, ¿quién tenía la apariencia y la voz para hacer del pilar principal de la obra? Tras una conversación con el extravagante roquero Jim Steinman, Webber decidió darle un aire mucho más actual a la partitura, consiguiendo el habitual eclecticismo que tan bien define su música. Tras terminar la canción que durante años identificaría a su nuevo musical, el músico creyó que era hora de promocionar lo que tenían escrito. La solución, un videoclip con los dos protagonistas entonando la famosa melodía de los subterráneos de la ópera. Era el momento de probar hasta encontrar a la imagen perfecta para el genio desfigurado. La primera opción, un tanto curiosa a decir verdad, fue el vocalista de la banda de glam rock Cockney Rebel, Steve Harley.

Los productores estaban encantados con el resultado. El Fantasma de la Ópera era una de las canciones más escuchadas del momento y Harley parecía la opción perfecta para dar vida al enigmático y sombrío personaje. El siguiente paso era buscarle un hogar a la obra. Prince lo tenía muy claro, el edificio debía ser una prolongación del musical; sus pasillos, su auditorio, sus camerinos tenían que ser un vivo reflejo de lo que en su momento fue la ópera del s. XIX. Solo hay un lugar así en Londres, el imponente Her Majesty’s. Prince estaba convencido de que ningún otro teatro podía adecuarse más a las necesidades del musical. De hecho, era el único que continuaba usando maquinaria de madera, utilizada en la época victoriana para hacer los primeros efectos especiales. Pero alguien se negaba con rotundidad a dejar que la obra tomara lugar allí.

Andrew Lloyd Webber no podía soportar la idea de que el musical que había compuesto para su esposa fuera a representarse en el teatro donde había tenido su único fracaso, By Jeeves. Costó tiempo convencerle para que cambiara de parecer. Sin embargo, a pesar de su aceptación -a regañadientes- su temperamento se volvió más y más irritable conforme los ensayos avanzaron.

Pero Webber no fue el peor parado durante la controvertida producción. Harley, que desde hacía semanas había aceptado el papel, llevaba tiempo grabando las canciones principales del espectáculo con la orquesta. Sin embargo, el compositor no estaba satisfecho con su interpretación. De forma prácticamente repentina, decidió hacerle una prueba a un actor cuyo rol más conocido hasta entonces había sido el de una especie de Steve Urkel inglés en la serie Some Mothers Do ‘Ave ‘Em. Días después, Harley fue despedido y sustituido por la nueva promesa de Webber, el actor y cantante Michael Crawford.

Los ensayos continuaban mientras el vestuario y los decorados se construían. Resultó imposible llevar a cabo los 230 trajes que Bjornson había diseñado, por lo que la única solución fue recurrir a mercadillos y tiendas del Soho londinense para confeccionar todas las piezas. No supuso ningún problema, sin embargo, los resultados sorprendieron al público al igual que la imponente escenografía, centrada principalmente en una lámpara de araña de 1 tonelada que se elevaba en el auditorio al principio del show y se precipitaba contra el escenario al final del primer acto. El otro punto fuerte fue el misterioso lago subterráneo, creado a base de niebla y velas, pero que todavía sigue suscitando aplausos cada noche.

Desde su estreno el 9 de octubre de 1986, El Fantasma de la Ópera se ha convertido en un auténtico fenómeno de masas. Es el musical más duradero de Broadway y el segundo del mundo. Ha recaudado más dinero que cualquier otra pieza de entretenimiento y es para muchos la obra maestra de Andrew Lloyd Webber. Tristemente, el compositor siempre ha estado en el punto de mira de la crítica, que siempre ha calificado de mediocre su forma de crear. De todas formas, no hay duda de que El Fantasma es la culminación de una carrera musical brillante hasta mediados de los 90. Ya sea por su partitura, sus letras o sus decorados, cualquiera que lo haya visto no se va a casa indiferente. Al igual que le ocurre a la hermosa Christine, sus notas siguen sonando en nuestra mente y nos hacen oír como nunca lo habíamos hecho antes…

 

Fuentes: