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La historia del genio desfigurado obsesionado con la cantante creada por el genio musical obsesionado con la soprano. Nunca antes has leído la verdadera historia del Fantasma de la Ópera contada desde la perspectiva de otro compositor. Guillermo Názara Reverter, compositor y director de orquesta, nos adentra en la creación del fenómeno musical más exitoso de la historia. 

Capítulo I – Una idea de doble filo

Aquel espectro realmente existía. No era una mera ilusión creada por la imaginación de las asustadizas bailarinas, los porteros de la Ópera o los incrédulos tramoyistas. Solo conozco a una persona que haya sido capaz de dar vida a las cuatro palabras que inician la novela más famosa de Leroux. Una extravagante lámpara de araña, un teatro cubierto en sábanas ajadas y cinco acordes viscerales que irrumpen repentinamente en tu oído. El Fantasma deja de ser un mito para convertirse en una realidad…

Portada de la primera edición de la novela de Leroux, titulada Le Fantôme de l'Opéra

Portada de la primera edición de la novela de Leroux, titulada Le Fantôme de l’Opéra

Es curioso pensar que la partitura maestra de Andrew Lloyd Webber estuvo a punto de no pasarse ni por la mente del compositor. A todos los autores nos encantan los nuevos proyectos, no nos negamos a escribir música para un tema que nos apasione. Sin embargo, Lloyd Webber tenía la intención de imitar la primera versión musical que se había hecho sobre el genio desfigurado. Phantom of the Opera, estrenada en Londres en 1984, había cosechado un notable éxito con una fórmula bastante original para el momento: reutilizar arias famosas de ópera y adaptar su texto a la historia.

Pero todo cambió cuando un libro de segunda mano cayó en manos de Andrew. Era un domingo cualquiera en Nueva York y el autor de Evita y Jesucristo Superstar se encontraba tremendamente aburrido. En un desesperado intento de paliar la pesadumbre de la Gran Manzana, Webber decidió darse una vuelta entre los stands de una feria del libro. Entre historias de piratas apodados por sus barbas y novelas de 5 tomos sobre la injusticia social, un pequeño y delgado ejemplar esperaba a que Lloyd Webber viniera a recogerlo. Entre sus páginas se encontraba el artífice de su mayor éxito y su mayor desesperación.

Eran las 11:03 de una fría mañana de febrero cuando Cameron Mackintosh se disponía a darse un baño. Tres segundos después, el teléfono decidió inundar su apartamento con sus berridos como si se tratara de un bebé de 4 meses. También era mala leche ponerse hacerlo justo en ese momento. En fin, ¿qué se le iba hacer? Cameron descolgó el auricular y contestó secamente: ¿Sí? Una voz familiar se oyó al otro lado del aparato: ¿Qué te parece El Fantasma de la Ópera para un musical? Al productor más exitoso del West End le acababan de ofrecer la mejor obra de toda su carrera; pero aún no era consciente de ello.

Llevó un año escribir las 120 páginas -de piano y voz- que componen el primer acto. Pero todos los que nos dedicamos al espectáculo sabemos que de nada sirve una buena idea si no consigues que el público se implique con ella. Era el momento de probar si lo que pintaba bien en el papel funcionaba en la escena. Sydmonton, la casa de campo de Lloyd Webber, fue el lugar elegido para representar el primer borrador; en un pequeño auditorio habilitado en una iglesia reformada, el reparto original de Les Misérables, incluyendo al célebre tenor Colm Wilkinson, y la soprano -por aquel entonces también mujer de Lloyd Webber- Sarah Brightman, dieron vida  a la tenebrosa historia de amor.

A pesar del entusiasmo del público, todos sus creativos eran conscientes de que el musical no era lo suficientemente bueno. El principal problema, las letras. Incluso su responsable, el escritor Richard Stilgoe, se avergonzaba del resultado. Y es que a ninguna mujer se la conquista diciéndole que se le podrían traer flores para mezclarlas con su cabello. Había que modificar el libreto por completo, pero no iba a ser fácil; Stilgoe tenía el bloqueo del escritor.

La obra estaba en serio peligro; las letras no servían y varias escenas tenían que modificarse. Stilgoe ya había confesado que no era capaz de mejorar lo que había hecho; sin embargo, reconocía que sus versos no servían. Webber y Mackintosh necesitaban una visión fresca, pero no iba a ser fácil. La primera opción, el letrista de Evita o Superstar Tim Rice, estaba ocupado con su nuevo musical The Pajama Game. La segunda, el gran Alan Jay Lerner, tuvo que rechazarlo por problemas de salud. Murió de cáncer tres meses después. La obra se encontraba en la cuerda floja…

El próximo jueves: Capítulo II (El Final) – La Gran Epopeya Teatral

Fuentes: